Por Johanna Mateo Aumente

 

La influencia del género en la salud mental se muestra en cómo los estereotipos de género, creencias preestablecidas sobre el comportamiento y roles según el género, tiene un impacto a las personas desde su infancia. Estos estereotipos, que son transmitidos a través de la familia, la educación y los medios de comunicación, determinan expectativas sociales tanto a los hombres como a las mujeres, limitando su desarrollo personal y profesional.
En el ámbito laboral, las mujeres tienen que hacer frente a la brecha salarial de género y a las limitaciones en ciertas profesiones. A su vez, los hombres a menudo tienen que luchar por asumir roles tradicionalmente femeninos, como lo es el cuidado de los hijos. Los medios también refuerzan estos estereotipos, mostrando a las mujeres en roles subordinados y a los hombres en roles de autoridad.

El género como factor de identidad se refiere a cómo las personas se construyen a sí mismas influenciadas por normas y roles sociales que son asociados tanto a lo masculino como a lo femenino. A diferencia del sexo biológico, que es físico y genético, el género es una construcción social y cultural que tiene gran impacto en la forma en que cada individuo se percibe y se expresa. Desde la infancia, enseñan este tipo de comportamientos y actitudes vinculadas a su género, aunque no siempre coinciden con las categorías tradicionales. Aquellas personas que no se ajustan a las expectativas de género suelen ser discriminadas y tienen dificultades legales para ser reconocidos con la identidad que eligen. Hay un movimiento hacia una mayor igualdad, desafiando cada vez más a estas normas y el reconocimiento de las diversas identidades, dando un impulso a los cambios en políticas públicas promoviendo derechos igualitarios para todos.

La construcción de género es un proceso en el cual la sociedad establece normas y roles que diferencian lo masculino de lo femenino. Desde la infancia, se enseñan comportamientos “apropiados” para cada género a través de la familia, educación, medios de comunicación y religión. Estas normas, tienen un gran impacto en la vida de las personas afectando la educación, el trabajo y las relaciones personales. Estas expectativas ponen trabas al desarrollo de intereses y habilidades que no se ajusten con dichos roles, generando discriminación hacia quienes no se ajustan.
  A un nivel social y cultural, la presión de género también hace estragos en la salud mental. Los hombres pueden tener que hacer frente a estar estigmatizados en torno a la búsqueda de ayuda, lo que puede llevar a una mayor prevalencia de problemas no tratados, como el abuso de sustancias o la violencia. Es importante reconocer que, aunque existen diferencias en la salud mental entre géneros, también hay muchas similitudes. La prevención y el tratamiento de estos problemas exigen enfoques que tengan en cuenta las inquietudes específicas de cada género y promoviendo que la salud mental implica tener que crear conciencia acerca de estos temas, fomentar la empatía y la comprensión, así como brindar acceso a recursos y apoyo adecuado.

En este articulo vamos a tratar sobre cómo el género puede influir en la salud mental y después de exponer todos lo efectos negativos vamos a proponer medidas que puedan solucionarlo.

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Índice. 

  1. Los estereotipos de género 
  1. El género como factor de identidad. 
  1. La construcción de genero 
  1. Salud mental 
  1. Salud mental en países menos desarrollados. 
  1. Conclusión. 

 

Introducción. 

En primer lugar, en este trabajo hablaremos de cómo la salud mental se ve afectada por el género. En segundo lugar, analizaremos los estereotipos, identidad y construcción de género teniendo en cuenta la salud mental. Por último, mencionaremos cómo este hecho no solo se ve en los países desarrollados sino también en los países menos desarrollados. 

 

  1. Los estereotipos de género.

 

Los estereotipos de género son creencias o ideas preestablecidas sobre cómo deben comportarse, sentirse o actuar las personas en función de su género. Estas ideas están establecidas en la sociedad y se suelen transmitir de generación en generación, influyendo en la educación, la cultura y las interacciones sociales. Los estereotipos de género pueden presenciarse en diferentes ámbitos, como la familia, la escuela, el trabajo y los medios de comunicación, determinando las expectativas que se tienen sobre hombres y mujeres. Un ejemplo común es la creencia de que los hombres deben ser fuertes, racionales y suministradores, mientras que las mujeres deben ser delicadas, emocionales y amas de casa. Esto causa una limitación en el desarrollo tanto personal como profesional de las personas, poniendo trabas a su libertad de elegir sus propios caminos de vida. 

La existencia de estos estereotipos tiene efectos significativos en la sociedad, reforzando la desigualdad de género junto a las discriminaciones y prejuicios. En el ámbito laboral, por ejemplo, las mujeres suelen hacerle frente a la «brecha salarial de género» ya que se considera que ciertas profesiones son más adecuadas para los hombres. De igual forma, los hombres pueden experimentar dificultades al querer desempeñar roles que habitualmente son asociados con lo femenino, como el cuidado de los hijos o el trabajo en la enseñanza infantil. Los medios de comunicación también desempeñan un papel importante en la persistencia de estos estereotipos, mostrando a las mujeres como figuras subordinadas o sexualizadas y a los hombres como figuras de autoridad. A pesar de los avances en la materia sobre la igualdad de género, muchos de estos patrones siguen en la actualidad y requieren un esfuerzo consciente para ser eliminados. 

Un ejemplo claro de cómo los estereotipos de género influyen en la sociedad es el ámbito de los juguetes para niños y niñas. Desde que son pequeños, es costumbre regalar muñecas y juegos de cocina a las niñas, mientras que a los niños se les dan autos, herramientas o figuras de acción. Esto fortalece la idea de que las mujeres deben ejercer roles de cuidado y servicio, mientras que los hombres deben ser activos, competitivos y aventureros. Así da como resultado que muchas niñas crecen con la idea de que su lugar es en el hogar y no en campos como la ciencia o la tecnología, y los niños pueden sentir que no es tolerable para ellos expresar emociones o dedicarse a actividades consideradas femeninas. Para hacer frente a estos estereotipos, es fundamental promover una educación basada en la igualdad, donde niños y niñas tengan las mismas oportunidades para desarrollar sus talentos y capacidades sin obstáculos impuestas por el género. 

 

  1. El género como factor de identidad.

El género como factor de identidad se refiere a la forma en que las personas construyen su sentido de sí mismas en función de las normas, roles y expectativas de la sociedad. A diferencia del sexo biológico, el cual se basa en características físicas y genéticas, el género es una construcción tanto social como cultural que actúa en la manera en que cada individuo se percibe y se expresa en el mundo. Desde la infancia, las personas son educadas en torno a ciertos comportamientos, actitudes y formas de vestir que corresponden a lo que se considera aceptable para su género. Sin embargo, esta identidad de género no siempre está de acuerdo con las categorías tradicionales de hombre y mujer, existen identidades diversas, como las personas no binarias o de género fluido, que se oponen a las normas establecidas y buscan expresarse de manera auténtica según su propia experiencia y autopercepción. 

El género como parte de la identidad tiene un impacto importante en la vida de las personas, por ejemplo, influye en sus oportunidades, derechos y formas de interactuar con otras personas. Los individuos que no se ajustan a las normas de género hacen frente a ser discriminados, excluidos o tienen dificultades para ser reconocidos legalmente con la identidad que eligen. En algunos países, el acceso a documentos oficiales que reflejen la identidad de género de una persona trans sigue siendo un reto, limitándoles el acceso a derechos básicos como la educación, la salud o el empleo. Además, los estereotipos de género pueden generar presión en hombres y mujeres para actuar de ciertas maneras que no siempre expresan sus verdaderos sentimientos o aspiraciones, afectando a su bienestar emocional y psicológico. Por esto, es esencial progresar hacia una sociedad donde haya más inclusión y respeto, donde cada persona tenga la libertad de vivir su identidad de género sin miedo a la discriminación o la violencia. 

Un ejemplo claro de cómo el género influye en la identidad es la manera en que se espera que hombres y mujeres desempeñen ciertos roles en la familia y el trabajo. Es considerado que las mujeres deban priorizar el cuidado del hogar y los hijos, mientras los hombres deben centrarse en ser proveedores económicos, limitando las elecciones individuales y reforzando desigualdades. Actualmente, muchas personas están retando estas normas al escoger modelos de vida más iguales, en los cuales ambos géneros compartan responsabilidades domésticas y laborales de manera justa. De igual manera, la identificación de las diversas identidades de género ha llevado a cambios en políticas públicas y leyes que buscan garantizar los derechos de todas las personas, sin importar cómo se identifiquen. Tales avances indican la importancia de reconocer el género como aspecto fundamental de la identidad y de impulsar una sociedad en la que cada individuo pueda expresarse libremente y sin prejuicios. 

 

  1. Construcción de género.

La construcción de género es el proceso a través del cual la sociedad establece normas, roles y comportamientos que distinguen lo masculino de lo femenino. A diferencia del sexo biológico, que se basa en características físicas y genéticas, el género es una construcción cultural que depende de la época, la cultura y el contexto social. Desde la infancia, a las personas se les enseña cómo deben comportarse en función de su género, divulgándoles ideas sobre lo que es “apropiado” para hombres y mujeres. Estas normas se propagan a través de la familia, la educación, los medios de comunicación y la religión, produciendo una estructura que define lo que se espera de cada persona según su género. No obstante, esta construcción no es permanente ni universal, las concepciones sobre lo masculino y lo femenino han cambiado a lo largo del tiempo y varían entre distintas sociedades. 

El impacto de la construcción de género es profundo y afecta distintos ámbitos de la vida, como la educación, el trabajo y las relaciones personales. Por ejemplo, a menudo se espera que los hombres sean fuertes, racionales y proveedores, mientras que a las mujeres se les atribuyen cualidades como la delicadeza, la sensibilidad y la responsabilidad del cuidado del hogar. Estas ideas restringen las posibilidades de desarrollo de las personas, obstaculizando la exploración de intereses o habilidades que no se ajusten a los roles tradicionales. Quienes no se adapten a estas normas pueden enfrentar discriminación y rechazo, esto ocurre con personas transgénero o aquellas que desafían los estereotipos de género. La construcción del género no solo influye en la identidad personal, sino también en las estructuras de poder y desigualdad que existen en la sociedad. 

Un ejemplo claro de cómo funciona la construcción de género se puede observar en la publicidad y los juguetes infantiles. Las niñas suelen recibir muñecas, juegos de cocina o artículos de belleza, reforzando la idea de que su rol está ligado al cuidado y la estética. En cambio, a los niños se les regalan autos, herramientas o figuras de acción, promoviendo valores como la fuerza, la aventura y la competencia. Este tipo de mensajes limitan la forma en que los niños y niñas perciben sus propias capacidades y aspiraciones desde temprana edad, contribuyendo en sus decisiones futuras sobre estudios, trabajo y relaciones. En la actualidad hay esfuerzos por romper con estas normas impuestas, promoviendo una educación más igualitaria y una representación diversa del género en la sociedad. A medida que más personas empiezan a cuestionar estos conceptos, se abre la posibilidad de una sociedad más inclusiva y justa, en la que cada individuo pueda desarrollarse sin limitaciones impuestas por su género. 

 

  1. Salud mental.

La salud mental es un aspecto fundamental en la vida de cualquier ser humano, las experiencias que influyen en ella pueden variar según el género, debido a las diferencias sociales, culturales y biológicas que existen entre hombres y mujeres. Desde la perspectiva biológica, las hormonas tienen un papel importante en la tendencia a ciertos trastornos, como puede ser la depresión o la ansiedad. Por ejemplo, las mujeres tienden a ser más propensas a sufrir de depresión debido a los cambios hormonales que experimentan durante la menstruación, el embarazo, el posparto y la menopausia. También hay que tener en cuenta las diferencias en la estructura del cerebro entre los géneros, ya que podrían influir en la forma en que se experimentan y se manejan las emociones. Pero la biología no es el único factor que determina la salud mental, las presiones sociales y culturales desempeñan un papel de igual importancia. 

En muchas sociedades, los hombres y las mujeres se enfrentan a expectativas muy distintas sobre cómo deben comportarse, lo que puede generar conflictos internos cuando no se cumplen esas expectativas. A los hombres se les suele educar para que oculten sus emociones, lo cual puede llevar a un mayor riesgo de trastornos como la depresión, el abuso de sustancias y, en algunos casos, comportamientos suicidas. Por otro lado, las mujeres, las cuales tienen mayor disposición a la hora expresar sus sentimientos, ya que desde un punto de vista sociocultural son más asociadas con ser seres bastante emocionales y dejarse controlar por estas, pueden experimentar un alto nivel de estrés debido a las múltiples responsabilidades que se les son asignadas, tanto en el ámbito doméstico como en el laboral. La sobrecarga de roles, la discriminación y la violencia de género son factores que incrementan la vulnerabilidad de las mujeres ante trastornos de ansiedad y depresión. 

Además de estos factores, las intervenciones y tratamientos para la salud mental suelen estar influenciados por el género. Los estudios muestran que tanto el diagnóstico como el tratamiento de enfermedades mentales pueden estar sesgados según el género, debido a prejuicios y estereotipos. Por ejemplo, en algunos casos, las mujeres pueden ser más propensas a recibir un diagnóstico de trastorno afectivo o ansiedad, mientras que los hombres pueden ser diagnosticados con trastornos de comportamiento o agresión. Este sesgo en los diagnósticos puede llevar a que se receten tratamientos inapropiados o insuficientes, lo que perpetúa la disparidad de género en el acceso a la salud mental (Hamberg, K, 2008). Para abordar esta problemática, es esencial promover una mayor sensibilización y una comprensión más profunda de las diferentes experiencias emocionales y psicológicas que atraviesan hombres y mujeres. 

 

  1. Salud mental en países menos desarrollados.

La salud mental en los países menos desarrollados es un desafío bastante complicado debido a la falta de recursos, infraestructuras y políticas adecuadas para atender a la población. La atención médica se centra en enfermedades físicas, dejando en segundo plano los trastornos mentales como la depresión, la ansiedad o la esquizofrenia. La falta de información y la escasez de profesionales especializados empeoran la situación, ya que muchas personas no reciben un diagnóstico adecuado ni el tratamiento necesario. El estigma social y las creencias culturales en torno a la salud mental hacen que sea más difícil que quienes sufren estas condiciones busquen ayuda, ya que en muchos casos los trastornos psicológicos son vistos como una debilidad o incluso como un castigo divino. Como resultado, millones de personas viven con problemas de salud mental sin tratar, afectando a la calidad de vida y la capacidad para desarrollarse del todo en la sociedad. 

Las condiciones de vida en los países menos desarrollados también influyen en la salud mental de los habitantes. Factores como la pobreza extrema, la violencia, el desempleo y la falta de acceso a educación producen altos niveles de estrés y ansiedad en la población. En comunidades donde los conflictos armados o la inseguridad son frecuentes, el impacto psicológico es aún mayor, con un alto número de personas sufriendo trastorno de estrés postraumático. A esto se suma la falta de apoyo gubernamental, ya que los sistemas de salud suelen estar colapsados o carecen de los fondos necesarios para invertir en programas de salud mental. Como consecuencia, muchas personas acuden a métodos alternativos o tradicionales para hacerles frente a sus problemas emocionales, como la medicina herbal, la religión o el aislamiento social, en algunos casos empeorando su situación en lugar de mejorarla. 

Un claro ejemplo de los desafíos en salud mental en los países menos desarrollados se observa en regiones de África y América Latina, donde los servicios de atención psicológica son limitados y costosos, lo que impide que la mayoría de la población acceda a ellos. En muchas comunidades campestres, los problemas de salud mental son malinterpretados y tratados con métodos ineficaces, lo que lleva a la marginación de quienes los padecen. A pesar de estas dificultades, en los últimos años han surgido iniciativas que buscan mejorar la situación, como la capacitación de trabajadores comunitarios en salud mental o la promulgación de programas de concienciación para reducir el estigma. Además, para lograr un cambio real, es fundamental que los gobiernos y organizaciones internacionales inviertan en infraestructuras, educación y políticas públicas que garanticen el acceso a una atención integral y de calidad para todas las personas, sin importar su situación económica o ubicación geográfica. 

Conclusión. 

El género juega un papel crucial en la salud mental, las normas y expectativas asociadas a los roles de género afectan profundamente la manera en que los individuos experimentan y expresan su bienestar emocional. Las presiones sociales para cumplir con las expectativas de lo que significa ser «hombre» o «mujer» pueden generar sentimientos de ansiedad, depresión o baja autoestima, especialmente cuando las personas no se ajustan a esas normas. Por ejemplo, se espera que los hombres sean fuertes, independientes y no muestren vulnerabilidad, lo cual puede llevar a una represión emocional peligrosa y a una mayor probabilidad de desarrollar trastornos mentales no tratados. Por otro lado, las mujeres, son presionadas para cumplir con ideales de belleza o cuidado, dando lugar a trastornos alimentarios, ansiedad social y depresión. Estas expectativas rígidas del género afectan no solo el bienestar emocional, sino también la facilidad de las personas al buscar ayuda para problemas de salud mental. 

En los países menos desarrollados, la influencia del género sobre la salud mental puede ser aún más peliaguda debido a la escasez de recursos y a la dominancia de normas tradicionales que refuerzan roles de género restrictivos. Las mujeres, especialmente en áreas rurales o en comunidades donde prevalecen actitudes conservadoras, enfrentan barreras significativas para acceder a servicios de salud mental. Estas barreras incluyen la falta de educación, la estigmatización de los trastornos mentales y la carencia de profesionales capacitados. Además, en muchos de estos países, las mujeres siguen siendo vistas principalmente como cuidadoras o amas de casa, lo que les impide tener un espacio para sí mismas llevándolas a la negligencia de su propia salud mental. Las presiones para mantener la familia unida y satisfacer las necesidades de los demás pueden hacer que las mujeres se vean atrapadas en un ciclo de agotamiento y sufrimiento emocional no reconocido, exacerbando el impacto negativo de las expectativas de género. 

Por otro lado, los hombres en los países menos desarrollados también sufren las consecuencias de los rígidos roles de género, aunque de manera diferente. A menudo se les enseña a no expresar emociones o a no buscar ayuda, lo que puede derivar en una acumulación de estrés, frustración y problemas de salud mental no tratados, como la depresión o los trastornos de ansiedad. En muchos contextos, los hombres enfrentan expectativas de ser proveedores y protectores, lo que genera presión para cumplir con roles laborales que muchas veces no se corresponden con sus capacidades o deseos personales. Esta carga puede llevar a la inseguridad financiera y a la inseguridad emocional, lo que agrava aún más su bienestar mental. Además, las ideas tradicionales sobre masculinidad, como la necesidad de ser dominante o exitoso, pueden hacer que los hombres eviten buscar apoyo psicológico debido al estigma asociado a la vulnerabilidad. Tanto hombres como mujeres en países menos desarrollados enfrentan desafíos significativos relacionados con su salud mental, los cuales están profundamente entrelazados con las expectativas de género impuestas por la sociedad, exacerbando las dificultades para acceder a la atención adecuada y llevar una vida mentalmente saludable.