Las manos del la educadora y el educador deben ser unas manos respetuosas, amables, que den seguridad, que arropen y a su vez que sostengan a la criatura.
Deben ser unas manos que transmitan una experiencia placentera y agradable en todo momento, con movimientos suaves, lentos, delicados y sutiles.
Las manos deben dar respuesta a los movimientos e intereses de la criatura, sin perder de vista la ejecución de la tarea.
Deben dar tiempo y esperar la respuesta y colaboración del infante. Siendo las manos las que manipulan la ropa y accesorios, y no el cuerpo del bebé.
Las manos del adulto serán las primeras experiencias del bebé con el mundo y si estas manos son amables, la criatura se sentirá respetada, importante y tenida en cuenta por parte del adulto.
Deben ser unas manos abiertas, con gestos inacabados, para que las criaturas los acaben, o no.
Con gestos claros que transmiten la disposición y ayuda del adulto hacia el niño y la niña. Y a su vez, al ser gestos claros, también son entendibles para el infante y puede saber que esperamos de él.
