¿Por qué los clásicos?
Ítalo Calvino dijo que un clásico es un libro que nunca termina de decir lo que tiene que decir. Y tiene razón. A quien tiene la suerte de leerlos por primera vez le muestran todo un mundo nuevo, pero ese mundo tiene aún numerosos ecos en nuestros días. Y a quien se acerca de nuevo a releerlos lo acogen como a un viejo amigo y le descubren, cada vez, matices nuevos en los que antes no había reparado.
Antígona sigue luchando cada día por la justicia, Medea, incomprendida, continúa buscando su sitio en tierra extranjera. Odiseo -Ulises- explora un mundo desconocido, conoce a seres fantásticos y vagabundea mientras en Ítaca le espera la fiel Penélope. Ítaca… todos hacemos un camino de regreso a Ítaca, y, como nos aconseja el poeta Cavafis, debemos saborearlo y disfrutarlo. Los mitos, las metamorfosis, relatos tejidos por generaciones que hace siglos que se fueron, pero que vuelven a entretejerse, historias comunes a todas las civilizaciones: el diluvio, la creación del hombre… Intentos de explicar el mundo conocido… y todo aquello que desconocían y que daba miedo.
Aedos y rapsodos eran los guardianes de la memoria colectiva y entretenían a su público, de ciudad en ciudad, con su vasto repertorio de poemas e historias. Conservaron para nosotros la Ilíada y la Odisea, pero también la Cosmogonía de Hesíodo en un tiempo en el que aún no todo el mundo tenía acceso a la palabra escrita. Los juglares medievales tomaron el relevo y llevaban sus historias épicas y de aventuras por toda Europa.
La invención de la escritura y el acceso a distintos materiales y soportes para escribir permitieron que hoy conozcamos muchas de las obras que forman nuestra herencia. Los Ptolomeos soñaron con crear un lugar, la biblioteca de Alejandría, en la que se guardara todo el saber, toda la literatura conocida y emprendieron una cruzada por todo el mundo antiguo para obtener copias u originales de todo lo que se había escrito hasta entonces.
A los griegos les debemos la invención de los géneros literarios, los romanos se rindieron a su superioridad cultural y artística y se convirtieron en guardianes y transmisores de la tradición helénica. Las primeras novelas surgieron en Grecia; también los géneros dramáticos tal y como los conocemos: tragedia y comedia. Primero en un contexto de celebración religiosa, luego como manifestación de las inquietudes intelectuales y humanas de los griegos. En Grecia también surgió la poesía lírica, el canto de los sentimientos más íntimos y personales, y aún hoy podemos leer los poemas de Safo. Los poetas latinos los conocían bien y adaptaron sus versos y ritmos a su propia lengua. Catulo nos sigue emocionando cuando se dirige a Lesbia, Tibulo dedicaba sus versos a Delia y Propercio declaraba su amor a Cintia. Horacio lleva dos mil años aconsejándonos disfrutar de la vida.
De la tradición literaria grecolatina surgen numerosos tópicos que perduran en nuestra literatura: carpe diem, tempus fugit, el locus amoenus, el beatus ille… pero también seguimos recurriendo a las mismas tramas que ellos emplearon. La originalidad no consiste tanto en tratar un tema nuevo como en el arte con que se desarrolla.
Mucho antes de que Julio Verne enviara al hombre a la Luna, ya Luciano de Samósata, en el siglo II, nos relató en sus Historias verdaderas una expedición a la Luna y la batalla sideral entre los selenitas y el rey del Sol por la colonia del Lucero del Alba; nos llevó también a mundos habitados por seres fantásticos como las mujeres-vides, cuyos besos embriagaban como el vino.
Romeo y Julieta no surgieron espontáneamente de la mente de Shakespeare, pues ya los griegos contaban al amor de la lumbre la trágica historia de amor incomprendido de Píramo y Tisbe. Y las comedias de enredos, como las de Plauto, eran muy bien acogidas por el público grecolatino.
En un día como el de hoy, en el que celebramos la existencia de un invento tan revolucionario para la humanidad, no podemos olvidar nuestras raíces clásicas. Siempre están ahí, son nuestra herencia y no podemos, ni debemos, renunciar a ella.
Ya lo dijo el poeta Horacio: non omnis moriar, “no moriré del todo”. Ahí están sus obras y las de numerosos autores, algunos conocidos y otros anónimos, hablándonos todavía desde hace siglos. Disfrutemos, pues, de su legado.
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