por Zaira Gomez Otero 1º X
Cuando pensamos en la esclavitud tendemos a mirar hacia tiempos remotos de la humanidad cuando un individuo (el esclavo) era considerado propiedad de otro (el amo) y perdía todo derecho sobre sí mismo. Por tanto, la esclavitud se basaba en la privación de la libertad de un ser humano por parte de otro con el fin de explotarlo laboralmente; es decir, el individuo era considerado mano de obra sin derecho ni libertad de elección. Pero, no podemos evitar dejar de pensar si ahora, en el siglo XXI, sigue existiendo la esclavitud y si es de la misma índole que la que existía en la antigüedad. Una de las preguntas que se ha planteado el francés Michel Onfray en su libro “Antimanual de filosofía” es ¿Es el que cobra el salario mínimo el esclavo moderno? Partiendo de esta cuestión, nos plantearnos una serie de preguntas como ¿qué es la esclavitud? y ¿qué es el salario mínimo? ¿nos esclaviza el salario mínimo? ¿si nos esclaviza, es esta nueva forma de esclavitud igual que la existente en el pasado? ¿acaba el salario mínimo con nuestra “dignidad”?…
La RAE define la esclavitud como “Sujeción excesiva por la cual se ve sometida una persona a otra, o a un trabajo u obligación”. Con lo cual un esclavo es aquella persona que está sometida a otra y no tiene capacidad de decisión. Por otro lado, la definición de salario mínimo es “La cuantía retributiva mínima a percibir por los trabajadores, sin distinción de sexo o edad, que se fija cada año por el Gobierno mediante real decreto, teniendo en consideración factores como el IPC, la productividad media nacional o el incremento de la participación del trabajo en la renta nacional.” Con lo cual, podemos decir que el salario mínimo es el sueldo mínimo que se le paga a un trabajador en un determinado país y se establece a través de una ley oficial, para un determinado periodo laboral, que los empleadores deben pagar a sus trabajadores por su trabajo. Supuestamente el ingreso mínimo mensual tiene una función social, pretende asegurar una remuneración que permita al trabajador y a su familia satisfacer todas sus necesidades indispensables (alimentación, vestuario, vivienda, educación, sanidad…) para poder tener una vida digna propia del ser humano.
La Organización Internacional del Trabajo (OIT), mediante su recomendación N° 135, ha determinado que “la fijación de salarios mínimos debería constituir un elemento de toda política establecida para eliminar la pobreza y para asegurar la satisfacción de las necesidades de todos los trabajadores y de sus familias”. En nuestro país, el Gobierno ha alcanzado un acuerdo para reajustar el salario mínimo que ha quedado reflejado en el BOE del 23 de febrero de 2022. El incremento del Salario Mínimo Interprofesional (SMI) ha sido de 35 euros con respecto a los 965 euros anteriores, quedando establecido en 1.000 euros mensuales. También ascienden, en el mismo porcentaje, los salarios mínimos por día, el mínimo anual, el de los temporeros que trabajen menos de 120 días en la misma empresa y el de las empleadas del
hogar. Pero esto, ¿es o no esclavitud?, ¿se ven los trabajadores sometidos a un empresario, empresa, gobierno…que fija sus remuneraciones? Con todas estas leyes o normas se establece un valor para todos los trabajos en general y no se tiene en cuenta la función que desempeñan ni al trabajador en sí.
Aquellas personas que cobran el salario mínimo pueden ser consideradas esclavos cuando para sobrevivir se ven obligados a trabajar para otras personas por un salario mínimo independientemente del trabajo que realicen. Estas personas no tienen capacidad de decisión, pueden tener un trabajo agotador por el que debería recibir una remuneración mayor, pero se ve abocados a cobrar sólo el salario mínimo impuesto por el gobierno. No tienen en cuenta su esfuerzo, su constancia, su cualificación, sus necesidades… Mientras ellos cobran ese salario mínimo, ¿cuál es el beneficio que obtienen ellos, las personas que los contratan, a consta de su trabajo? Esos beneficios no suelen repercutir en el trabajador, sino que se utilizan para incrementar los ingresos de los dueños de las empresas, los accionistas, los inversores… No se valora el trabajo realizado, el gasto de energía, de vitalidad, de fuerza que permite la producción masiva de productos y el consiguiente ingreso de dinero que sirve para incrementar el “valor” de la empresa, pero no del trabajador. El trabajador está al servicio del empresario que lo utiliza para obtener cada vez más beneficios.
Retomando la pregunta que nos planteamos de Michel Onfray y a la que responde “probablemente es así, si definimos al esclavo como el individuo que no se posee, sino que pertenece a un tercero a quien está obligado a alquilar su fuerza de trabajo para sobrevivir (…) Esclavo es cualquiera que sufra este proceso y desempeñe en la sociedad un papel degradante que no puede permitirse el lujo de rechazar”. Es evidente que en esta época en que vivimos con una crisis económica debida a la pandemia y a una guerra que ha trastocado nuestras economías, ya no sólo familiares sino a nivel mundial, se ha producido un incremento de los precios de la energía, especialmente del gas, los carburantes, los suministros y de muchas materias primas. Esto ha provocado un aumento de la inflación, una reducción del PIB y como no el aumento del desempleo. Todo esto produce la devaluación de los salarios y que las familias no puedan cubrir todas sus necesidades. Pero aun pero que esto es la esclavitud a la que está sometido el pueblo ucraniano que padece las consecuencias de una guerra que no deseaban.
Los individuos para sobrevivir tienen que realizar trabajos que pueden estar mal remunerados pero que no pueden rechazar porque necesitan obtener ingresos para sobrevivir y mantener a sus familias. La sociedad se aprovecha de
esto, exigiendo más trabajo por el mismo salario. Los individuos se ven abocados a aceptar ese trabajo y el salario mínimo porque no tienen otra posibilidad. Es eso o la hambruna, la falta de ingresos, recursos, el paro, etc. Prefieren convertirse en esclavos de su trabajo que vivir en la miseria y la incertidumbre. Pero en contraposición si es el Estado el que impone un salario determinado surge el planteamiento del Estado Benefactor que dicta las leyes evitando el abuso y que protege a los trabajadores asalariados. Se produce así una ruptura entre la relación obrero patronal. El empresario ya no tendría el control sobre el trabajador, ya que no podría poner un precio distinto al que le viene impuesto por el Estado por la realización de dicho trabajo. Pero entonces se pasaría a un dominio por parte del Estado de la mano de obra.
Si nos fijamos en periodos en los que dominan algunos sistemas como el feudalismo, mercantilismo, comunismo y populismo o estatismo observamos que no se producía la creación de empleos, ni el aumento del capital ni había un incremento del poder adquisitivo de la población que podría ahorrar. Y esto todo debido a que no se permitía la creación de empresas privadas. Es decir, se anulaba la iniciativa individual, el estímulo laboral, la acumulación de capital y de propiedad privada. Los obreros o trabajadores estaban limitados por las pocas opciones de empleo que existían con lo cual se sentían insatisfechos porque no les queda más remedio que realizar ese trabajo a cambio de una paga. No es elegida por ellos, sino que les es impuesta por sus empleadores. No se establece una relación voluntaria patrón-obrero, sino que se produce una sumisión de obrero frente al patrón. La propiedad y el dinero de unos individuos, los patrones, empobrece a otros, obreros, que trabajan “voluntariamente” para ellos por una paga.
Existen pues, desde siempre algunas corrientes políticas que definen “La esclavitud del salario o esclavitud salarial” como una condición en la cual una persona elige voluntariamente un trabajo pero solamente dentro de un sistema demasiado limitado de opciones (por ejemplo, trabaja para un determinado jefe o muere de hambre). Pero la esclavitud salarial lleva consigo una carencia de derechos; es decir, un individuo no tiene capacidad económica para poder pagar un abogado que defienda sus derechos, en caso de estar enfermo su única alternativa es el sistema de salud pública y en situaciones extremas, cuando la economía familiar no alcanza para sobrevivir, se recurre al trabajo infantil. En el caso del capitalismo son los capitalistas los que poseen los bienes (tierra, industria, etc.) de los que sacaran beneficios mientras el proletariado que no dispone de esos bienes, los trabaja a cambio de un sueldo que en la mayoría de los casos no se corresponde con el trabajo realizado. La aristocracia apoya este
sistema de esclavitud porque le permite controlar los bienes, la producción, las instituciones, etc.
Marx basándose en este modelo capitalista forjado en el siglo XIX hablaba de “la esclavitud económica del proletariado” como aquella condición en la que una persona debe vender su energía de trabajo, sometiéndose a la autoridad de un patrón simplemente para poder subsistir. El obrero se creía libre al tener un contrato legal de trabajo con el empresario. Pero no se daba cuenta de que había una esclavitud encubierta bajo la precariedad laboral, los salarios de miseria, la cantidad de horas de trabajo y el temido desempleo. Ya entonces los salarios formaban parte de la esclavitud del trabajador que veía limitada sus posibilidades supervivencia, desarrollo e integración social. En este caso era el empresario, no el Gobierno el que imponía el salario, reduciendo al mínimo para obtener ellos mismos su máximo beneficio y no pensando en las necesidades de los obreros. Estos permanecían explotados y bajo el yugo del empresario que ponía las normas. No les quedaba más remedio que aceptar esas condiciones infrahumanas porque necesitan el trabajo para poder subsistir.
La declaración de Filadelfia (1944) reafirma como principio fundamental en materia laboral que “el trabajo no es una mercancía”, lo cual implica que el trabajador no es una mercancía, es un ser humano con existencia propia que no debe depender de las leyes del mercado. Fijar un salario mínimo que no permite al trabajador vivir dignamente es, en definitiva, degradarlo a la esclavitud. Pero esta no es la única forma de esclavitud, si tenemos en cuenta a Herbert Marcuse “El incremento del progreso produce una intensificación de la servidumbre”. El progreso de la civilización occidental produjo un incremento de la productividad y por tanto la aparición de la sociedad de consumo que permite la supervivencia del capitalismo y por tanto el incremento la servidumbre. Con la revolución industrial y la mecanización los seres humanos nos convertimos en esclavos del progreso, de la técnica, de la ciencia moderna, del consumo… y con lo cual del trabajo y del salario que viene determinado por los dueños de las empresas. Herbert propone que se acabe con la servidumbre de la mano de obra poniendo las máquinas al servicio del trabajador.
El francés André Gorz defendió ya en el siglo XX una renta mínima para cada trabajador independientemente de la actividad profesional que desempeñen. Propone una economía alternativa al capitalismo que se fundamentaba en el trabajo como explotación máxima (esclavitud de la mano de obra). Con el incremento de la tecnificación se produce la reducción del trabajo y del tiempo empleado para realizar una actividad determinada, lo que supone
que los trabajadores producen más, mejor, con menos esfuerzo y en menos tiempo. Esto supondría tener más tiempo para disfrutar de otras actividades lo que no implica que el trabajador se encuentre satisfecho con su trabajo. Para que el trabajador no se sienta como esclavo de su “trabajo mecanizado” tiene que separarlo de su vida cotidiana y realizar actividades de ocio, surge así la sociedad de consumo (compras, cine, teatro, actividades deportivas). Y para consumir es necesario el dinero; por tanto, ya dependen de un salario para poder satisfacer sus necesidades (esclavitud del dinero).
Si observamos nuestra sociedad actual, vemos que hay muchas formas de esclavitud, algunas de la antigüedad que han ido adaptándose y otras nuevas que han ido surgiendo. Aún existen el trabajo infantil, el trabajo en condición ínfimas, la explotación sexual, los prisioneros de guerra convertidos en siervos o esclavos de quienes los dominan, el comercio clandestino de seres humanos… Y no podemos olvidarnos de los trabajadores del campo que trabajan por sueldos que no alcanzan el Salario Mínimo Interprofesional; es decir no cobran lo establecido por la ley marcada por el Estado, sino que cobran lo que el empresario le viene a bien pagar. Estos trabajadores no disponen de un sueldo que les permita sobrevivir con dignidad, trabajan multitud de horas y si no lo hacen los despiden sin más. Se establece en pleno siglo XXI una relación “amo-esclavo” que, aunque parezca increíble, es muy común. Por tanto, es un esclavo el que pertenece a una sociedad que le degrada y no puede hacer nada para solucionarlo. Los esclavos existen y existirán siempre y cuando la técnica actué como instrumento para que un grupo social pueda dominar a otro.
Como señalaba Kant en “La fundamentación metafísica de las costumbres”, la dignidad implica tratar a cada cual como “fin en sí”. El hombre es un fin en sí mismo, nunca será solo un medio u objeto para conseguir un fin. La “dignidad” del hombre procede de ese fin en sí mismo, que lo hace único e insustituible. Por eso no puede ser sustituido por nada ni por nadie porque carece de equivalente. No posee un precio, un valor relativo sino un valor intrínseco que se llama “dignidad” y la esclavitud es todo lo contrario. La esclavitud es algo inhumano, algo que degrada al ser humano y deshumaniza a la sociedad que lo permite. Nuestro sistemas económicos y políticos, aun hoy en día permiten la explotación y degradación de los individuos. La mercantilización de los seres humanos conlleva la perdida de dignidad humana, tanto del hombre como de la mujer. La esclavitud por tanto ha ido evolucionando a lo largo de la Historia adaptándose a las diferentes sociedades hasta llegar al esclavo moderno que es aquel individuo que alquila su fuerza de trabajo a otro por un salario mínimo para poder sobrevivir.
Por tanto, en el siglo XXI, sigue existiendo diferentes modos de esclavitud no exactamente iguales que los que existían en la antigüedad pero que siguen sometiendo a los ciudadanos. Uno de estos esclavos modernos serían aquellos trabajadores que cobra un salario mínimo ya que el precio de su trabajo le viene impuesto, no puede elegir el sueldo que considera adecuado por su mano de obra. La sociedad actual abusa de la falta de empleo, de la abundancia de fuerza de trabajo, del exceso de cualificación, etc. imponiendo unos sueldos que no valoran el trabajo que cada individuo realiza. Cuando esto ocurre los empresarios siguen aumentado su poder adquisitivo lo que le permitirá seguir dominando a la clase obrera, mientras que los trabajadores siguen viviendo bajo las mismas condiciones salariales, aunque el trabajo que realicen sea mucho mayor o cualificado.
Bibliografía/Webgrafía
Onfray, Michel (2001), “Antimanual de filosofía”
Cardenal.M., Lourdes (2017, noviembre 10), “Guía para disertaciones filosóficas”, Recursos de filosofía, https://lourdescardenal.com
Real Academia Española, (2021), “Diccionario de la lengua española”, https://dle.rae.es
International Labour Organization (ILO), (1944, mayo 10) “Declaración relativa a los fines y objetivos de la Organización Internacional del Trabajo (Declaración de Filadelfia) , https://www.ilo.org
Organización Internacional del Trabajo, (1970), “R135 – Recomendación sobre la fijación de salarios mínimos”, 1970
Inmanuel, Kant (1785), “La fundamentación metafísica de las costumbres”
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