«¡Sí, votemos, y larguémonos de aquí!»

Esta película es intensa y asfixiante. Los personajes sudan, llueve, hay humedad y calor. Sidney Lumet crea un ambiente agobiante. No es un detalle sin importancia. En un día soleado, con cantos de pájaros y al aire fresco, la película no sería igual.

Tenemos a 12 personajes encerrados en una habitación. Apenas se producen cambios en el espacio dramático durante toda la película. Al verla, el espectador se siente como uno más de esos doce hombres, que tienen en sus manos la vida de un chaval de 18 años y deben decidir si es inocente o culpable. Al principio, todos se muestran convencidos de que es culpable y quieren acabar pronto. Una sentencia fácil y rápida. Menos uno, el personaje de Henry Fonda. Él tiene una duda razonable y a partir de ahí intentará convencer a los demás de que no se puede tomar a la ligera una decisión como esa.

El ver cómo Davis, el jurado número 8 al que da vida Fonda, va desmontando uno por uno y pacientemente, el muro de certezas ajenas va más allá de la obra maestra cinematográfica, es una lección de humanidad y de humanismo que trasciende la pantalla y llega hasta nosotros con la misma vigencia que tenía allá por los años cincuenta.

Los personajes están muy bien perfila dos. Cada uno tiene una personalidad perfectamente marcada y eso influye en sus opiniones y en los motivos que tienen para dar su veredicto.

Los movimientos de cámara nos llevan de un lugar a otro de la habitación como si estuviéramos allí, con ellos, pasando calor y decidiendo si un muchacho vive o muere. Son abundantes los primeros planos que nos acercan a la psicología de los personajes. Pero se trata de una película de actores, más que de personajes, única y exclusivamente suya. El trabajo de todos ellos, Henry Fonda, Martin Balsam, Lee J. Cobb, etc. es excepcional.

Es una película que se adelanta a lo que se conoce como El Nuevo Hollywood, un grupo de realizadores estadounidenses que a partir de los años 60 renuevan el cine comercial americano clásico de los años 40 y 50. A esta nueva generación, también se les llamó la generación de la televisión y la “handcam” por los medios técnicos de los que beben. Muchos de ellos tienen formación universitaria y se establecen como directores-productores. Aunque son muy favorables a experimentar con nuevas tecnologías, también admiran el cine clásico. Y esta película de Lumet es, sin duda, un clásico.

Alejandro Menéndez Cidón