La adicción siempre aporta cargas negativas, cuyo peso aumenta hasta que el adicto pierde el autocontrol. Así pues, podemos decir que es un trastorno que sufren los desdichados para aliviar su propio mal, o que es una vía de escape de la realidad a otra más favorable. Esto no es ninguna novedad ni ningún problema actual, ya que, antiguamente, en latín se llamaba “addictus” al “deudor insolvente que por falta de pago era entregado como esclavo a su acreedor”. La raíz de la palabra recoge perfectamente el sentido del término “adicción”. La adicción es una esclavitud.
Más adelante, cuando el adicto empieza a ser consciente de su ilusión, comienza el problema, pues este ya sabe que es siervo de su ficción y que no puede liberarse. Este hecho lo asume vagamente y sin afán de redimirse, produciendo su eterna devoción a la adicción, sin oposición alguna, y aun siendo consciente de lo que le va a acarrear.
No obstante, no todas las adicciones son iguales. Las hay menos perjudiciales, por lo que no todos los adictos sufren los fatales síntomas anteriores. Si la adicción es relativamente “sana” no tiene por qué ser un problema. Si el adicto está en un buen entorno social y tiene fuertes lazos familiares o de amistad, tendrá menos intolerancia a recuperarse. En resumen, respecto al tipo y la gravedad de la adicción, el medio que rodea al adicto influye tanto como el vacío a rellenar que produce la adicción.
Paula Monasterio Álvarez