Hoy en día, incluso en los países más liberales, se está empezando a implantar métodos para controlar a la población, que van desde la imposición de multas o penas de cárcel, con mayor o menor presencia policial, e incluso del Ejército, en las calles, hasta el despliegue de drones o la monitorización de los movimientos de las personas a través de Apps, smartphones y otros dispositivos. La pregunta es ¿hasta qué punto estamos dispuestos a ceder nuestra libertad?
Pongamos el caso de una persona que ha nacido en un entorno apartado de la ética (lo que está bien, y lo que está mal) y que ha sido criada sin ningún estereotipo o “norma de educación” (algo subjetivo que varía dependiendo de la cultura). Dando por supuesto que este hipotético caso es imposible, ahora supongamos que esta persona, que ha sido totalmente libre durante su infancia y educación, se encuentra en la situación en la que estamos, una pandemia que está provocando gran cantidad de muertes. Le decimos que, por el bien de todos, es obligatorio el uso de la mascarilla y también quedarse en casa entre las once de la noche y la seis de la mañana, además de cumplir muchas otras normas. ¿Cómo reaccionaría?
Realmente, y aunque el contexto del coronavirus sirva únicamente como ejemplo, no somos tan libres como creemos. Vivimos en una sociedad democrática y, aunque las leyes o las restricciones son más que necesarias y yo no pretenda negar eso, debemos también ser conscientes de que su incumplimiento acarreará graves consecuencias, estemos de acuerdo con ellas o no, las hayamos elegido o no.
En resumen, el paisaje cotidiano ha cambiado: calles desiertas, playas sin bañistas, bosques sin excursionistas y las personas que salen, con mascarilla. Nuestra vida ya no es la misma, en la medida en que también hemos cedido espacios de libertad personal y colectiva para evitar contagios y más muertes.
Julia Berdasco García