Desde mi propia experiencia, el “modus operandi” del profesorado en las aulas ha sido el mismo desde que empecé al colegio a los 6 años: tienen un temario que dar, nos dan las clases a modo de monólogo, nosotros nos “empollamos” el libro en casa y por último nos piden que “vomitemos” en un papel la lección. Estoy muy segura de que la mayor parte de la gente que esté leyendo esto estaría de acuerdo conmigo en que este sistema no es efectivo: es frío, está anticuado y, sobre todo, está deshumanizado. Con esta última palabra no quiero decir es que sea cruel y despiadado, ni mucho menos que nos maltraten en las aulas, sino que está poco adaptado a nuestra naturaleza.
El sistema educativo español de hoy en día es heredero del método utilizado durante la revolución industrial. Su objetivo era formar a los futuros trabajadores de las fábricas, los cuales debían ser callados, obedientes y pasivos. Lo más rentable para los dueños de las fábricas era que sus trabajadores actuasen como máquinas: siendo puntuales, realizando su trabajo como se lo ordenasen y sin quejarse (menos aún exigir un aumento de salario). Debido a ello, la educación se basaba en disciplinar al niño para que, ya desde pequeño, desarrollase las características del buen trabajador, impartiendo castigos si se comportaba incorrectamente: si desobedecía, si gritaba o si se ensuciaba jugando, por ejemplo. En resumen, se le castigaba por actuar como un niño.
Hoy en día la situación es distinta: las máquinas han sustituido a esos trabajadores manuales, y lo que necesitamos hoy en día es a gente capaz de controlar dicha maquinaria. Por lo tanto, ya no necesitamos a trabajadores pasivos que sigan órdenes ciegamente, sino a gente capaz de pensar por sí misma, de hacerse preguntas y de resolver problemas; y es el sistema educativo quien debería ser el encargado de formarlos.
Deberían dejar a los niños ser niños: que jueguen, que se muevan, que se diviertan. No deberían obligarles a pasarse cerca de 5 horas diarias sentados, escuchando al profesor hablar de temas que ni siquiera les interesan. Los niños son curiosos por naturaleza, y un niño feliz y bien formado es un futuro adulto asertivo y solvente. Como dijo Platón en el libro VII de la República: “Entonces, excelente amigo, no obligues por la fuerza a los niños en su aprendizaje, sino edúcalos jugando, para que también seas más capaz de divisar aquello para lo cual cada uno es naturalmente apto”.
Julia Granda Álvarez