La salud mental y la existencia de alteraciones y trastornos es un tema sobre el que no suele hablarse en sociedad. Pocas veces nos paramos a pensar en el día a día de estas personas y cómo son visualizadas por el resto.

De hecho, los estigmas sobre las enfermedades son muy frecuentes. Los enfermos mentales son vistos por el público como gente relativamente peligrosa, impredecible e incluso despreciable. Sin embargo, padecer un trastorno mental es más común de lo que se puede imaginar y no debe ser concebido como algo negativo. Y es que no somos conscientes de lo influyentes que son nuestras acciones y comentarios acerca de estas personas, pues ni la vida ni las consecuencias emocionales son fáciles para ellas.

En realidad, gran parte de los prejuicios que asumimos son fruto de la desinformación y la imagen que se da de ellas tanto en los medios de comunicación como en el cine. Debido a esto, tendemos a adoptar la idea de que son personas violentas que, en cualquier momento, pueden efectuar una agresión. No obstante, si recurrimos a estudios científicos, los enfermos mentales no son más peligrosos que la población que no padece ningún tipo de trastorno. Solemos encontrarnos también con el estereotipo de que son personas de dudosa fiabilidad, que no son capaces de vivir en comunidad ni autonomía. Todo ello se traduce en una acusada dificultad para acceder a espacios laborales y educativos, establecer relaciones amistosas o de pareja; que finalmente termina acarreando un problema de inclusión social. Asimismo, la manera en la que nosotros tratamos la enfermedad mental puede afectar severamente al individuo que la desarrolla. Las miradas, los cuchicheos, la falta de compresión o la vergüenza de sus familiares y amigos, empeora la condición de estos enfermos, que acaban por verse como “bichos raros” y sentirse un estorbo para el mundo. Este problema es muy serio, pues desgraciadamente deriva en el aislamiento y, en los peores casos, en el suicidio.

Por lo tanto, es labor moral de la sociedad y, sobre todo, de las nuevas generaciones, comenzar a aceptar los trastornos mentales como lo que son, evitando heredar los estigmas que dañan a una minoría prácticamente invisible, que continúa sufriendo en silencio. Es hora de normalizar el hecho de ir al psicólogo, de entender que, de la misma forma que podemos rompernos el brazo, podemos tener ansiedad, depresión o un trastorno bipolar; y que es de vital importancia acudir a un profesional para volver a estar sanos, tanto física como psicológicamente.

Álvaro Lerones Eguren