Párate a pensar un momento: ¿Cuánto vale una vida? ¿Cien mil euros? ¿Un millón de euros?
Es difícil y no muy ético calcular el precio de la vida, pero, aunque no sepamos ponerle uno, se puede acordar que vale mucho. ¿Y si tanto vale, por qué se puede encargar el asesinato de alguien en Centroamérica por menos de mil euros, o en Europa, continente donde se supone que están los países más desarrollados, es posible hacer lo mismo por no más de diez mil?
“8.500 niños mueren cada día de desnutrición y, según las estimaciones de Unicef, el Banco Mundial, la Organización Mundial de la Salud (OMS) y la División de Población de Naciones Unidas, se calcula que 6,3 millones de niños menores de 15 años murieron en 2017 por causas, en su mayoría, prevenibles. Esto supone la muerte de un niño cada 5 segundos” (eacnur.org)
Por el mero hecho de nacer en los lugares más pobres del planeta, hay vidas condenadas. Sin embargo, entre esos niños podría estar el descubridor de la cura contra el VIH, de una nueva teoría del universo, o simplemente un padre o una madre.
Ahora te pregunto: ¿Por qué hay vidas que valen más que otras? ¿Y si crees que no es así, cómo es posible que en Estados Unidos el 35% de los niños entre 2 y 17 años sufran obesidad mientras que en Yemen cada 10 minutos muera de hambre un niño?
No espero que, después de leer esto, viajes por todo el mundo repartiendo alimentos como si fueras Teresa de Calcuta, ni mucho menos. Pero espero que valores más el simple hecho de volver del instituto y encontrarte un plato para comer encima de la mesa.
Luis Martín Bayod Cuevas