Los grandes avances que se están produciendo en la ingeniería genética y las grandes expectativas creadas a raíz de eso han provocado mucha polémica pública sobre la validez moral de la aplicación de estas técnicas.
La ingeniería genética se puede describir como la formación de nuevas combinaciones de genes por el aislamiento de un fragmento de ADN, la creación en él de determinados cambios y la reintroducción de este fragmento en el mismo organismo o en otro.
En cuanto a la manipulación genética de las plantas, las cuestiones éticas se refieren al hecho de informar o no al consumidor de que se trata de productos manipulados genéticamente. Además, son desconocidos los efectos que puedan tener estos alimentos en el ser humano, ya que se trata de especies nuevas que no han surgido naturalmente. Con los animales ocurre algo parecido. Se añade al anterior un nuevo problema y es que, como se pretende conseguir lo mejor de cada especie y los máximos beneficios, hay una tendencia a uniformar las especies, con la consiguiente pérdida de biodiversidad, un factor esencial para el equilibrio de los ecosistemas. Pero el tema más controvertido es el de los seres humanos. A pesar de su utilidad a la hora de prevenir o curar enfermedades, la posibilidad de modificar genéticamente los embriones para que den lugar a individuos más altos, más fuertes o incluso más inteligentes no está lejos. En última instancia, se crearían seres humanos “perfectos”, probablemente vástagos de familias acomodadas, capaces de pagar por las técnicas genéticas que permitan tales milagros, que acabarían posicionándose en lo más alto de la pirámide social.
En conclusión, es preciso que los organismos internacionales sean capaces de vencer los intereses políticos y económicos para conseguir una legislación adecuada y justa que regule el uso de la ingeniería genética y que recoja las voces razonables y el sentir de todos los sectores sociales implicados.
Julia Berdasco García