Una princesa, delicada e indefensa, se encuentra en apuros hasta que un salvador, generalmente un príncipe fuerte y valiente, aparece para rescatarla. Se enamoran, viven felices y comen perdices. En nuestra infancia, se nos ha repetido esta historia en sus múltiples versiones hasta la saciedad. Por suerte, poco a poco la estamos actualizando. Hoy en día es más fácil encontrar mujeres fuertes, hombres que muestran sus debilidades o personajes de todos los colores y tamaños. Sin embargo, si queremos educar a nuestros hijos en la diversidad, ¿por qué la protagonista nunca se enamora de otra princesa?

A pesar de la gran evolución que ha experimentado el cine destinado a los más pequeños, el tratamiento de la diversidad sexual sigue siendo un tabú. Desde sus inicios, grandes compañías de animación como Disney construyen a sus villanos desde los estereotipos de la comunidad LGTBI+. Malvados afeminados con los ojos delineados o brujas de voz profunda y modales bruscos contrastan con los personajes “buenos”, abiertamente heterosexuales, que actúan de acuerdo con lo típicamente asociado a su género. La visión de estos comportamientos como malos o raros pervive. Muchos padres consideran la representación homosexual, por ejemplo, una forma de “convertir a sus hijos”. No obstante, a pesar de criarse con modelos únicamente heterosexuales, encontramos gente con sexualidades muy diversas. Si invirtiéramos los papeles, ¿por qué habría de ser diferente?

La triste realidad es que tememos lo que no conocemos. El que un niño vea identidades u orientaciones sexuales distintos a la norma como extrañas, hará que las rechace. Cuando crezca, es probable que ese miedo le lleve a despreciar a personas de este colectivo, o a sentirse frustrado si descubre que él es una de ellas. Las series o películas de animación destinadas a un público más infantil, que incluyen parejas atípicas para estas producciones, no hacen más que reconfortar a esos jóvenes que sienten que no encajan, y educar al resto en la diversidad y el respeto. La primera reacción de adultos que mantienen relaciones homosexuales a este tipo de contenido siempre es la misma: “¡Ojalá hubiera tenido algo así cuando era pequeño!”. La realidad es que, con o sin representación, siempre habrá niños que sueñen con un príncipe azul y niñas que prefieran a las princesas.

Elena Martín Calvo