El sistema educativo es un tema controvertido. Pero, si hay algo en lo que coinciden todos los que opinan sobre él, es en que es inadecuado. Hay quejas de todo tipo: el número de horas lectivas, el tipo de contenidos, la densidad de las materias… Y, sin embargo, ¿realmente se sabe cuál es el sistema adecuado para educar? Siempre que surge esta cuestión, he compartido las opiniones que lo valoran negativamente, pero nunca he conseguido llegar a descifrar una solución para dichos problemas.
Hay que tener en cuenta que el ser humano es inconformista por naturaleza. El estudiar requiere esfuerzo, y el sistema educativo debe poner trabas y dificultar la obtención de buenos resultados; puesto que, si fuese demasiado fácil, no sería productivo. Pero también es cierto que no todo en la vida es el estudio, ni es la única forma de alcanzar el éxito o la felicidad. Este pensamiento nos es inculcado en nuestra sociedad actual desde que nacemos. Se nos hace ver que la única forma de poder “sobrevivir” dignamente es obteniendo unas cualificaciones determinadas. Y esa presión es con la que el alumnado acude a las aulas.
Otro asunto es la necesidad constante y prematura de escoger. Normalmente, el alumnado denuncia no tener un mayor rango de elección académica. Pero, desde mi punto de vista, esto debería ser a la inversa. La separación entre “Ciencias” y “Letras” no es la correcta. Se debería proponer un sistema en el que todo tipo de conocimientos fuesen adquiridos hasta que se produjese la elección de una carrera futura. Con dieciséis años, los jóvenes deben comenzar a decidir qué vertiente seguir, cuando realmente no conocen lo suficiente ninguna de las opciones que se les ofrece, y se les cierra la puerta a obtener cualquier tipo de conocimiento que no se ajuste a su “modelo”. ¿Y si formamos ingenieros mediocres donde realmente habría médicos exitosos; o escritores en paro donde podría haber excelentes juristas? Esta necesidad de seleccionar constantemente y discriminar conocimientos está presente durante toda nuestra vida, y repercute enormemente a nivel social.
Mi conclusión, después de todos estos años, es que es muy difícil establecer un sistema educativo perfecto y que, aunque lo fuese de hecho, la sociedad no estaría conforme con él. Se debería superar esta continua polémica, que no solo afecta a la educación, pues también se extiende a la política, el deporte, la ideología, el género… Con unas pequeñas modificaciones en la estructura de la enseñanza, se podría constituir un Estado en el que el ámbito laboral fuese más productivo, y cambiaría la mentalidad constante de división y de separación que predomina actualmente en nuestra sociedad.
Carmen Bernardo Díez