No existe una definición universalmente aceptada de la idea de Dios, y ninguna de las definiciones que se dan prueban su existencia más allá de toda duda. El debate en torno a este tema ha sido objeto de múltiples discusiones y de posiciones encontradas a lo largo de la historia de la filosofía.
Uno de los primeros filósofos en hablar largo y tendido acerca de la existencia de Dios es el padre de la Iglesia Agustín de Hipona. Para él, Dios es como un padre celestial que nos reclama como hijos suyos y que nos creó voluntariamente a su imagen y semejanza. El Dios en el que cree este filósofo, obispo de Hipona, es el fundamento de aquel en el que creen hoy en día los católicos. No en balde San Agustín es uno de los fijadores de la ortodoxia cristiana católica. Los católicos sostienen que Dios es el creador y sustentador de las cosas, un ser todopoderoso, diseñador del universo.
Pero si volvemos nuestra mirada al filósofo empirista David Hume, quien establece como la base de todo conocimiento a las ideas y las impresiones, acto vivo y presente de percibir algo, la idea de Dios no se halla sólidamente fundamentada ni es válida para establecer sobre ella ningún conocimiento, puesto que en ella es imposible señalar las impresiones que la constituyen. Según Hume, la idea de dios no sería más que un artificio del natural funcionamiento de nuestra mente, una suerte de proyección de nuestras propias capacidades humanas sobre un concepto vacío de sentido. Nadie tiene una idea de dios que no sea ficción. En resumen, según este filósofo, no se podría probar la existencia de Dios, pues no podríamos establecer conocimiento sin tener alguna experiencia de la idea de Dios; y no tenemos ninguna experiencia ni interna ni externa de él.
Ana González Carretero