Estamos hartos de escuchar todos los días las atrocidades que se cometen en todo el mundo, pero también nos hemos cansado de ver cómo la justicia cambia dependiendo de las circunstancias. ¿Acaso no vemos continuamente cómo las leyes varían según quién las infrinja? ¿No se producen contradicciones dentro del propio sistema judicial? Los ataques terroristas son un claro ejemplo de la aparente justicia que reina en nuestra sociedad. Las culturas occidentales la describen como un crimen atroz, mientras que, si nos desplazamos a países de cultura árabe, algunos la definirían como un acto de amor a Dios y una manera de alcanzar el cielo. Pero entonces, ¿cambia la forma en la que juzgamos en cuestión de la cultura?
La justicia se nos ha presentado como un concepto no universal que depende, exclusivamente, del criterio de cada persona. Las leyes por las que nos regimos son las herramientas utilizadas por la sociedad para garantizar la seguridad ciudadana, pero no dejan de estar sujetas a la libre interpretación de una minoría, por lo que pueden llegar a aplicarse de forma incorrecta y sin equidad.
Si nos remontamos a la Antigua Grecia, ya por entonces, el filósofo Platón había establecido que una persona justa es aquella capaz de lograr un equilibrio entre las partes racional, irascible y concupiscible de su alma. En realidad, lo que nos quería decir es que solo aquellas personas sabias y prudentes pueden ser justas, puesto que dichas características están interrelacionadas. Por lo tanto, la justicia existe, pero debe ser aplicada por aquellos que posean las herramientas necesarias para analizar todas las situaciones de forma racional y sin tener en cuenta factores externos, como la cultura.
Lucía Suárez Deago