Aristóteles decía que todo pasaba por algo. Nunca ocurre nada porque sí; simplemente tenemos que encontrar la causa o causas de ello. Tenemos que encontrar el porqué, y si decimos que no lo tiene, simplemente es porque hemos tirado la toalla en buscarlo.
En cambio, muchos pensamos que hay muchas cosas que ocurren porque están predestinadas a ocurrir, como si una especie de fuerza superior lo hiciera y nadie pudiera evitarlo. Es lo que llamamos destino; y decimos que las cosas pasan, porque estaban destinadas a ello. Pero realmente puede ser que meramente ocurran por casualidad, porque coincidió, porque se juntaron las causas sin motivo alguno. Aun así, lo seguimos llamando destino, porque queremos un porqué y, como no lo encontramos, recurrimos a fuerzas externas que no se rigen por nada. Curiosamente, en eso, sí creemos. Suena un poco hipócrita, ¿no? Esta dualidad ya nos la contaba Melendi en sus canciones: “Esa extraña melodía que algunos llaman destino, y otros prefieren llamar casualidad”.
Sin embargo, muchas veces sabemos la causa por la cual algo ha pasado y, como no nos gusta, echamos balones fuera, diciendo que ha sido mala suerte, dando a entender que simplemente eso podía haber ocurrido de otra manera diferente, beneficiosa para nosotros. Otras veces es al revés: alguna cosa nos beneficia y se dice que es buena suerte, cuando seguramente lo que sucede es que hemos hecho algo que nos lleve a eso. Y luego está la mezcla de estos dos, lo que coloquialmente llamamos, ahora, “karma”: tú haces algo malo y algo malo te va a pasar o, viceversa, haces alguno bueno y entonces algo bueno te va a pasar. Muchas veces la definimos como una ley del universo, aunque volvemos a lo mismo de siempre: tampoco sabemos por qué ocurre.
En definitiva, hay muchísimas cosas que se nos escapan de las manos y no sabemos por qué están pasando, pero nuestra especie siempre ha querido saber el porqué de todo. Ese fue el principal motivo del nacimiento de la filosofía: conocer. Desgraciadamente, nunca sabremos por qué ocurren todos los fenómenos de nuestro alrededor, pero aun así no encontraremos la solución creando fuerzas externas como el destino, la suerte o el “karma”. Tenía razón Aristóteles: todo pasa por algo, aunque a menudo no damos con ello.
María López Collado