Al inicio de la Primera Guerra Mundial, la región de Palestina estaba bajo el dominio del Imperio otomano. En octubre de 1917, la ofensiva del ejército británico se estancó en Gaza, donde los turcos se defendían con tenacidad. Ante esto, los mandos británicos decidieron que, para desbloquear esta situación en la línea turca, la principal batalla no debería librarse en Gaza, sino en Beersheva ‒una ciudad unos 30 km al este‒. De esta manera, si conquistaban Beersheva, llegarían fácilmente a Jerusalén. Pero para ello hacía falta un plan.
El astuto Richard Meinertzhagen, un oficial británico de inteligencia, tuvo una idea que, al principio, pareció una verdadera estupidez. Basándose en la información aportada por prisioneros turcos capturados durante la guerra, sabía que estos estaban muy escasos de tabaco. Richard ordenó, entonces, que el día antes del ataque sobre Beersheva un avión sobrevolara las trincheras otomanas que defendían la ciudad, lanzando cientos de cajetillas junto a papeles con propaganda británica, para hacer pensar a los soldados turcos que el motivo de proveerles con tabaco era hacerles llegar propaganda para que se rindieran. Pero nada más lejos de la realidad, Richard había ordenado que mezclaran OPIO con los cigarrillos. Así, el 31 de octubre de 1917, el ejército británico lanzó su ataque sobre Beersheva, comprobando que su tabaco había causado que muchos soldados turcos fueran incapaces de moverse y defenderse.
El general Edmund Allenby, quien en un principio había calificado el plan de Richard como “una pérdida de tiempo”, escribió tras la guerra que un porcentaje muy elevado de tropas turcas no pudieron combatir a causa de los efectos de la droga. Gracias a esta táctica, el ejército británico pudo hacerse con el control de Palestina. Definitivamente, podría decirse que fumar mata, ¿no?
Miguel Freire García