Poca sensibilidad habría que tener para no darse cuenta de que sobran motivos para la tristeza en este mundo, en el que no faltan guerras, epidemias, desastres ecológicos, crisis económicas y desavenencias sociales. Bien es verdad que, si tuviéramos que llorar por todo aquello que no nos gusta o nos entristece, nos pasaríamos el día llorando. Pero, aun sin llorar, pienso que nos tiene que afectar igualmente a nivel personal.
En mi caso, creo que no habría podido reprimir las lagrimas si me hubiera pasado, o si me pasara (ya que aún puede suceder), lo que a las muchas personas que perdieron a sus familiares en las residencias, durante la pandemia, sin haberse podido despedir de ellas. Eso es algo que no se lo desearía a nadie. Me imagino lo duro que tuvo que ser el que, de la noche a la mañana, sin haberlo previsto apenas, seres queridos se hayan tenido que ir de esa manera tan cruel, incomunicados en sus residencias o en las UCIs, dejando a sus familiares desolados e impotentes.
Afortunadamente para mí, no me he visto en esa tesitura de montones de familias, a las que, según iban inflándose las estadísticas, iba compadeciendo más y más. Esas circunstancias, por ser recientes, son las que más recuerdo y las que más me han impresionado. Y ante eso no creo que nadie pudiera reprimir las lágrimas, indignación aparte.
Alba Neira Losada