La meritocracia es un sistema de gobierno en el que el poder lo ejercen quienes están más capacitados en función de sus méritos. Esta idea está muy relacionada con la distribución de bienes y beneficios basada en el talento y esfuerzo individual. Se podrían deducir dos afirmaciones: la primera es que, siendo la meritocracia un sistema en el que a cada individuo le corresponde lo que se merece, el que no tiene nada es porque carece de méritos para ello; y, en segundo lugar, que quien tiene mucho es porque se lo ha ganado y, por tanto, se lo merece.

Sin embargo, para que estas afirmaciones fueran ciertas, deberíamos concebir como verdadera la existencia de la igualdad de oportunidades, de tal manera que todas las personas que estén persiguiendo un mismo objetivo tengan una probabilidad similar de alcanzarlo. La pregunta que surge entonces es: ¿existe la igualdad de condiciones en nuestro sistema actual?, ¿está nuestro futuro en nuestras manos?

Es fácil pensar ‒porque a primera vista parece incluso evidente‒ que el sistema capitalista recompensa al trabajador. Sin embargo, esto no es más que palabrería populista que solo funciona para tapar los verdaderos principios que mueven y sostienen al capitalismo. Un sistema en el que todo el mundo se esforzase enormemente y, por ende, que todos mereciesen mucho alcanzar lo que buscan, no sería un mundo en el que, aun así, todos lo alcanzasen. Eso no es factible sino en las utopías. Los recursos que existen son limitados y deben ser repartidos: para que unos tengan mucho, otros deben tener poco.

Además, no solo nuestro esfuerzo determina hasta dónde lograremos llegar. Hay muchos factores que condicionan a las personas; entre estos, destacan los siguientes: la economía de su familia, su salud o su condición como miembro de alguna minoría discriminada. Para explicar cómo pueden funcionar dichos condicionantes, propendemos la siguiente situación. Dos personas, estudiantes de bachillerato en el mismo centro educativo, ambas constantes y responsables con sus estudios, llegan a la mayoría de edad. Una de ellas, cuya familia puede pagarle los estudios en una universidad de prestigio fuera de su ciudad, continua su formación hasta cumplir sus objetivos. La otra, procedente de una familia inmigrante y cuya familia tiene problemas económicos, busca un trabajo para aportar dinero en su casa, pero decide continuar estudiando. Pasado un tiempo, sin embargo, la madre de esta última persona queda en el paro, por lo que ella se ve obligada a trabajar más horas. Se le hace insostenible continuar estudiando, pues sus horarios de clase coinciden con los nuevos horarios de trabajo. Así pues, decide abandonar la universidad. ¿Qué se puede concluir de esta historia? La igualdad de oportunidades no existe. Si ambas personas hubiesen contado con las mismas facilidades, hubiese sido el esfuerzo que cada una hubiese empleado en sus estudios lo que las hubiese distinguido. Sin embargo, una de ellas se vio condicionada por factores externos.

Siempre habrá personas con mejores condiciones que otras, pero en un sistema que hace negocio de cuestiones como la educación, las diferencias que se crean entre las personas son mucho más notables.

Lúa González Lobón