El retrato de un autoexigente es el de alguien cuyo diálogo interior le dice constantemente que, sea lo que sea lo que está haciendo, pensando o programando, podría estar mejor. Sería como una búsqueda de la excelencia en todo lo que hacemos. En definitiva, la autoexigencia es una actitud crítica con nosotros mismos. Si esta bien gestionada, nos ayuda a mejorar y a crecer como personas. ¿Pero qué pasa cuando no la gestionamos adecuadamente? Entonces, puede ser muy dañina e incluso, en su peor extremo, combinada con una baja autoestima o estrés elevado, puede estar detrás de problemas tan serios como la ansiedad.

Hoy en día, esto es lo que les pasa a muchos estudiantes. En mi opinión, la principal causa es el miedo. Creen que, si no alcanzan cierta media o no llegan a tal nota, ya no tendrán futuro. Se tiene miedo a no cumplir las expectativas y a no ser suficientemente bueno. Un buen ejemplo de lo dicho es el segundo curso de Bachillerato y la EBAU. Muchos jóvenes son, así, demasiado autoexigentes.

La autoexigencia es presión. La gente padece su autoexigencia, porque tiene mucho que hacer y poco tiempo para realizarlo. Esta autoexigencia se puede dar de dos formas. La primera es el perfeccionismo, que tiene que ver con imponerse unos estándares muy altos de exigencia.  La segunda forma tiene que ver con la búsqueda de aceptación. Se atribuye una importancia excesiva a la aprobación o reconocimiento de los demás, a expensas de las propias necesidades, centrándose más en las reacciones del otro que en las propias. Pero lo más común es que ambas formas se den juntas.

Pero la autoexigencia no afecta sólo a la persona que la padece, sino también a los familiares o personas cercanas a ella. Lo más habitual en las personas autoexigentes es que nada les parezca bien. Nunca nada es lo suficiente; por ejemplo, el sacar un 9,5 en un examen es una nota buena, pero no la suficiente, porque no es el máximo. Con esa nota no se conforman. No disfrutan de lo que es un éxito, y simplemente ya se ponen a pensar en la siguiente tarea o examen. Esto los lleva a vivir en un perpetuo estado de frustración, y se vuelven irritables y competitivas.  Lo que repercute en la gente que les rodea.

Sin embargo, la autoexigencia no tiene por qué ser mala si no sobrepasas unos límites. Es bueno ponerse cierta presión a uno mismo para conseguir los objetivos que se ha propuesto, pero sin llegar a un nivel de estrés o frustración que solo dificultará conseguir esos mismos objetivos.

Para acabar, y poniéndolo en relación con la filosofía, la autoexigencia parece ser un mal de esta época, o al menos así lo ven algunos filósofos contemporáneos, como Byung Chul Han, quien en su libro La sociedad del cansancio, dice: “Ahora uno se explota a sí mismo figurándose que se está realizando”. Ya no es la antigua filosofía del “deber hacer” una cosa sino la del “poder hacerla”. “Se vive con la angustia de no hacer siempre todo lo que se puede”, y si no se triunfa, es culpa suya. Como algunos filósofos aseguran, actualmente las personas tendemos a ser más autoexigentes con nosotros mismos. ¿Pero no será eso a causa de cómo ha evolucionado el concepto de la educación y el estudio para tener un trabajo? En mi opinión, la cosa cada vez va a peor. Volviendo al ejemplo del curso de segundo de Bachillerato, las notas cada vez suben más para entrar en cualquier carrera, lo que podría deberse al número de plazas disponibles. Esto hace que los jóvenes tengan una presión cada vez mayor, consiguiendo también que muchos de ellos no puedan estudiar lo que realmente quieren y pueden.

Alejandra Piñera Hernández