El que el ser humano se haya planteado cómo son las cosas en realidad, frente a lo que parezcan ser, es algo de vital trascendencia para su adaptación al mundo. Esto se debe a que el ser humano –por si aún no estaba claro- es el ser sociable por excelencia y, dentro de lo que conlleva esta condición, se encuentra la difícil tarea de discernir entre lo que es real de los demás y aquello que parece como si lo fuera.

Ahora bien, puede decirse que la apariencia es cómo se ve algo o cómo se ve alguien. En este sentido, las apariencias sociales son simplemente máscaras que las personas se ponen para lograr obtener algún beneficio en su interrelación con los demás. Detrás la de apariencia, está el interés propio.

En cambio, la realidad es todo aquello que hay o existe. Su demarcación incluye todo lo que es, ya sea notorio, accesible o comprendido, o no lo sea. Se estima que la realidad o lo que es real permanece y no cambia; no es algo temporal, como en el caso de las apariencias, que varían según el objetivo en cuestión.

Existen miles de ejemplos en cuanto a la apariencia como un arma para alcanzar un determinado fin. En literatura, el choque entre apariencias y realidad es un tema común. Shakespeare lo usa en muchas de sus obras. En Macbeth, por ejemplo, el protagonista aparenta ser leal al rey, aunque en realidad sólo planea asesinarlo y ocupar su puesto.

El diferenciar entre lo que es real y lo aparente es algo verdaderamente complicado. Por eso debemos estar atentos para distinguir lo real desde su aparición.

Gabriela A. Riveros Osorio