La ley es una serie de enunciados imperativos que, desde tiempos inmemoriales, han servido para sentar las bases de todas las civilizaciones hasta el día de hoy, con el fin de tener un control sobre lo que los ciudadanos podemos o no hacer. En un principio, puede parecer que la ley va de la mano con la justicia. Sería, así, un brazo fuerte que protege al pueblo y castiga a las ovejas negras que van en su contra. ¿Pero realmente tenemos que acatar las leyes siempre? ¿Son siempre justas? ¿Hay algún momento en el que desobedecerlas pueda ser lícito?
Es bien conocida la historia de las crueles persecuciones de la Alemania nazi, no solo contra el pueblo judío ‒aunque este fuese su objetivo principal‒, sino también contra gitanos, homosexuales, comunistas… Si nos pusiésemos en los zapatos de un alemán que, en esa época, en contra del régimen, decidiese esconder una familia judía en su hogar, la ley que dictaba que los judíos debían ser entregados, enjuiciados y encarcelados, indiscriminadamente. ¿Era esa una ley que tal ciudadano debía aceptar? ¿Debía simplemente cumplir al pie de la letra dicha ley? ¿Y en el caso de que se hubiera decidido salvar la vida de estas personas, estaría haciendo algo “incorrecto”?
Si seguimos viajando en el tiempo, nos daremos cuenta de que ha habido grandes atrocidades amparadas por la ley, crueldades camufladas en nombre de la justicia: la caza de brujas en Salem, la Inquisición en los “avanzados” y “moralmente superiores” países católicos de Occidente, la pena de muerte para los homosexuales a lo largo de toda la historia… Y esto sólo por mencionar leyes que podemos considerar negativas y sanguinarias a causa de la violencia que reflejan. Sin embargo, las leyes injustas abundan en toda clase de ámbitos, como en esferas económicas, sociales o institucionales. Un ejemplo de esto es nuestra “democrática” Ley de Cortes de 1942, por medio de la cual el pueblo español era engañado con una falsa inclusión en las tareas del Estado.
Lo que quiero dar a entender no es que todas las leyes deban ser borradas o quebrantadas. Simplemente pretendo defender que nosotros, como pueblo, tenemos que estar unidos y darnos cuenta de cuándo una ley no nos favorece; que, a veces, las leyes sólo expresan mandatos de líderes buscando su propio beneficio y haciendo uso de la intocable e inquebrantable legitimidad de la ley. Hay que caer en la cuenta de que en ocasiones las leyes no hacen justicia, sino todo lo contrario. Cualquier persona que ponga en duda una ley, no solo será mirada con desprecio, sino que también sufrirá las represalias correspondientes. Pero quizás esa ley sea la clase de enunciado injusto no solo a sus ojos, sino a los de gran parte de la sociedad.
Debemos olvidar la concepción de las leyes que componen nuestra legislación como divinas palabras inamovibles. Son meros juicios que pueden ser tanto correctos, como no. Para eso precisamente, para poner las cosas en duda y ser capaces de decir las cosas que sí y las que no son justas, somos animales racionales con autonomía de pensamiento.
Mª Isabel Suárez Rodríguez