Para comenzar creo conveniente definir qué es la ambición. La RAE define “ambición” como “deseo ardiente de conseguir algo, especialmente poder, riquezas, dignidades o fama”.
Desde mi punto de vista, es necesario ser un poco ambiciosos, ya que gracias a ello podremos cumplir nuestros objetivos de una forma más “eficiente”. Es decir, cuanto más ambiciosa sea la persona, mayor probabilidad de cumplir una meta. ¿Pero qué caracteriza a una persona ambiciosa? Una persona es ambiciosa cuando constantemente se está poniéndose metas, trata de tener pocos errores en su camino hacia el éxito y siempre cree posible superarse o realizar una hazaña.
Pero la ambición deriva fácilmente hacia la codicia o la avaricia. Esto sucede cuando la persona se “ciega” y busca cumplir sus objetivos a toda costa, sin tener en cuenta absolutamente nada. Son muchas las personas que “olvidan” todos sus valores e incluso traicionan a amigos o familia con tal de “realizarse”.
A muchas personalidades que han marcado un antes y un después en la historia se les ha calificado de ambiciosos. Un ejemplo es Adolf Hitler. En este caso, son bien conocidas sus atrocidades. Creo que su ambición le hizo romper con toda normal moral. En contraposición, todos conocemos la famosa frase “I have a dream” de Martin Luther King. Gracias a sus constantes esfuerzos por los derechos civiles de la población negra en EE. UU. finalmente se consiguieron grandes avances sociales. Martin Luther King es, en mi opinión, un gran ejemplo de cómo la ambición personal puede ser “motor” de grandes progresos.
¿Qué diferencia hay entre estos dos ejemplos tan dispares? Ambos buscaban vorazmente perseguir sus metas. Pero el elemento diferenciador es la ética. La ética es totalmente indispensable. La ética actúa a modo de ‘’cerco’’ que limita el “poder” de la ambición y hace plantearnos si el fin justifica los medios.
Tristán Moratiel Gago