El objetivo principal de un científico es buscar la explicación a un fenómeno para poder predecirlo en un futuro. Si llevamos esta definición a la rama de la medicina, su objetivo es el estudio del comportamiento de una enfermedad, para saber cómo se desarrollará y detenerla antes de que acabe con el enfermo. Muchas veces, los médicos no tienen una respuesta clara y deben experimentar con la persona para llegar a una conclusión determinada. Pero el enfermo tiene el derecho de decisión y puede negarse a ser sometido a ciertas condiciones. En cambio, los pobres animales no pueden negarse a que experimenten con ellos.
Si pudiésemos visitar el laboratorio de un reciente galardonado al premio Nobel de medicina, lo más probable es lo encontráramos lleno de jaulas con ratones y ratas en diferentes fases de testado de algún tipo de medicamento. Al tratarse de simples animales, los tratamientos son violentos y les causan sufrimiento hasta la hora de su muerte. Y, en muchos casos, al final el científico ni siquiera consigue sacar beneficio de su muerte y repite varias veces la prueba.
Desgraciadamente, me veo en la obligación de recordar que los animales son seres sintientes y sufren al igual que nosotros. Muchos científicos aún siguen escudándose tras la frase hecha: “Sufrimiento animal por sufrimiento humano”. Pero recordemos que un 92% de los tratamientos que han pasado la prueba en animales fallan en los seres humanos. La experimentación animal es mala ciencia que en muchos casos únicamente trae dolor tanto al animal como a la persona que ansiosamente está buscando una solución para su enfermedad.
Tras este análisis, podemos concluir que las leyes que existen para proteger a los animales de la privación de sus derechos no son suficientes. Es importante que utilicemos el ojo crítico en el testado de los productos médicos, para que se ponga mayores restricciones a este tipo de investigación.
Nerea Lago López