Desde pequeños se nos ha enseñado a admirar a las personas inteligentes, desde científicos reconocidos por sus grandes logros, hasta ese compañero al que llamábamos “el listo de clase” y que siempre sacaba sobresalientes. La inteligencia existe. ¿Pero tenemos una percepción correcta de lo que realmente es?
Aunque el sistema educativo se centre en la habilidad innata para asignaturas como las matemáticas o la lengua, hay una teoría que distingue varios tipos de inteligencias, cada una dedicada a un ámbito distinto: la lógica-matemática, la espacial, la lingüística, la corporal, la musical, la intrapersonal, la interpersonal… entre muchas otras. Hay tantas, que se han llegado a diferenciar hasta doce tipos diferentes. Además de lo ignoradas que son la mayoría, a excepción de las dos primeras, no somos conscientes de que cualquiera de ellas se puede entrenar y mejorar, al igual que mejoramos nuestro físico con el deporte. Y si no lo hacemos es porque no nos interesa o porque nos rendimos antes de intentarlo siquiera, pues en el fondo seguimos pensando que la inteligencia es “es algo con lo que naces”.
Y, ahora, el punto al que quería llegar. ¿De qué nos sirve la adorada inteligencia si luego no le damos un uso correcto? Todos conocemos a alguien que no saca buenas notas, porque “es un vago”, cuando probablemente sea de las personas que más lo intente o, si no lo intenta, es porque no encuentra un motivo para ello. Hay gente a quien, por decirlo de alguna manera, “el ser inteligente” se le sube a la cabeza y ya se cree mejor que el resto. También damos por hecho que las personas “inteligentes” no tienen ningún tipo de problema con los estudios o el trabajo porque “no les cuesta nada”, cuando en realidad, detrás de sus éxitos intelectuales, hay mucho esfuerzo, autoexigencia, presión social, autoestima… Y se ignora porque solo se ve una cara, la que más llama la atención, mientras la otra queda oculta.
La inteligencia, un rasgo que se puede mejorar, no es útil si no somos conscientes de lo que es. Si no la aprovechamos, estamos desperdiciándola; si basamos nuestra persona en ella, le estamos dando una base inestable. Porque, según pasa el tiempo, te das cuenta de que no es para tanto. Ni tu autoestima o personalidad debería apoyarse en ella, ya que, al final del día, lo que se valora sin importar el resto es la persona: los valores, los principios, la personalidad, el espíritu crítico… La inteligencia es algo que puede facilitarte la vida, pero es ridículo darle tanta importancia cuando puede variar e interpretarse de maneras tan diferentes. ¿Realmente sabemos qué es?
Dana Álvarez Mayordomo