El libre albedrío es la capacidad de tomar nuestras propias decisiones. Cuando elegimos la ropa por la mañana, o si salimos a dar un paseo en lugar de ver una serie, damos por hecho que es una decisión nuestra, pero… ¿y si no lo es?
Aunque pueda parecer obvio que somos nosotros mismos quienes tomamos estas decisiones, la realidad es que el “problema de la libre elección” se lleva debatiendo desde hace mucho tiempo en filosofía. Y también es un problema que actualmente preocupa a los científicos (médicos, neurocientíficos, etc.)
Por un lado, están aquellos que sostienen que tenemos la capacidad de elegir, que podemos evaluar diferentes opciones y tomar aquella decisión que creemos que más nos conviene. En este caso, seríamos libres. Decidimos nosotros. Por otro lado, se encuentra la teoría determinista. Esta teoría argumenta que todas nuestras acciones se deben a una serie de causas: nuestra biología, nuestro entorno o nuestras vivencias… Para los seguidores de esta teoría, no tenemos verdadera libertad de elección: nuestras decisiones se deben a factores que no controlamos y sólo tenemos la ilusión de que las tomamos. Uno de los mayores defensores de esta teoría fue el filósofo racionalista Baruch Spinoza. Otras opciones intentan conciliar ambas posturas; es el compatibilismo. Según éste, hay situaciones en las que la libertad puede estar presente y otras en las que no.
Personalmente, creo relevante comentar un experimento realizado por el científico Benjamin Libet en los años 80. Los participantes tenían que tomar la decisión de mover una mano y se registraba su actividad neuronal. Los registros indicaban que la toma de decisión era posterior al inicio del movimiento de la mano; unos 350 milisegundos antes de tomar la decisión de mover la mano ya se había iniciado el impulso nervioso que daba lugar al movimiento. Por lo tanto, no había libre albedrío en este caso. Si las conclusiones de este experimento son ciertas y el libre albedrío es tan solo una ilusión, esto tendría grandes implicaciones en nuestra sociedad. Sin libre albedrío, no habría malas ni buenas personas. Los actos que realizamos en nuestro día a día no dependerían de nosotros mismos. Si nuestras acciones vienen predeterminadas, no sería justo castigar o valorar a las personas según su comportamiento, pues no se tiene verdadera capacidad de elección.
Para avanzar más allá en el problema de la libre elección, quizá necesitemos comprender cómo funciona nuestra mente y si realmente tomamos decisiones o sólo vamos como pasajeros en un cuerpo que no pilotamos.
Claudia Suárez Fernández