En la naturaleza del ser humano, el odio y la guerra siempre han estado muy ligados. La guerra es el producto de las personas poderosas “dejándose llevar por su egoísmo”. Es un hecho que la raza humana ha provocado muchas guerras por diversas razones, ya sea por territorios, poder, riqueza, religión o simplemente odio.

A lo largo de la historia, durante los conflictos bélicos se han llegado a cometer verdaderas atrocidades, dignas de una novela distópica o de terror. Esto rompe con la supuesta bondad del ser humano. Cuando se nos pregunta acerca de la naturaleza moral del ser humano, lo común es que se muestre una reacción positiva: “las personas son buenas”. Esto se ve en acciones como donar a la caridad, ayudar a otras personas, apoyar buenas causas, ya sea contra el cambio climático o para reivindicar los derechos de grupos vulnerables. ¿Pero estas cosas nos hacen realmente buenos? Nuestro modelo de sociedad en tiempos normales, de tranquilidad incluso, se rige por un bien común capitalista. Uno paga sus impuestos y aporta a la sociedad por este bien común, porque no solo mejoras la calidad de vida de los demás, sino también la propia. Sin embargo, estamos obligados a pagar dichos impuestos. ¿Si estos no fueran obligatorios, seguiría la gente pagándolos? Probablemente no, pues pudiendo quedarse el dinero para ellos e invertirlo en el bien propio, ¿por qué deberían gastarlo en el bien común?

Los humanos son, al fin y al cabo, animales con una capacidad de pensamiento más desarrollada. Pensamos en el “bien común”, porque no nos queda más remedio. Ante todo, un individuo busca su supervivencia, o en este caso, su bienestar y el de su descendencia y familia. Este egoísmo también se puede ver durante las guerras.  En una guerra se llegan a cometer actos atroces que rompen la moral. Viéndolos en retrospectiva, cuesta creer que una persona común y corriente, que en una situación normal no hubiera representado el mayor peligro, en guerra sea capaz de fusilar a otras personas.

¿Por qué ocurre esto? Poniendo distancia, toda clase de acto bélico resulta inmoral y castigable. Cierto es que la mayoría de las personas no han vivido una guerra, por lo que nunca se han visto en dicha situación. Si se diera el caso, lo más probable es que la gran mayoría llegaría a cometer los actos que anteriormente ha tachado de, incluso, inhumanos. Durante un conflicto, ese llamado bien común se desvanece totalmente. En una situación de riesgo y peligro, los límites de la moral, el bien y el mal se difuminan, pues estos tan solo son constructos sociales para mantener un orden. En dicha situación, una persona puede variar sus objetivos según su “rango”. Los soldados, los ciudadanos comunes tienen el objetivo de sobrevivir. En cambio, si subimos en la jerarquía, la gente poderosa, los que dirigen los batallones, solo piensa en beneficios y vencer.

Retomando lo anterior, el ser humano es egoísta por naturaleza. Como cualquier animal, desea imponerse a los demás y, en el caso de las sociedades humanas, imponer sus ideas o pensamiento en ellas. También es codicioso, pues a pesar de poder llegar a obtener poder, siempre querrá más. Esto no es sencillo de ver. La gente de clase media o baja no suele tener estos comportamientos, pues a menudo es consciente de su estatus. En cambio, en las personas poderosas, los considerados gobernantes corruptos, se ve con más claridad.

¿Qué es un gobernante corrupto? Simplemente una persona como cualquier otra, pero con mucho más poder. Este poder es el que le “permite” mostrar ese lado codicioso y egoísta. “Cuanto más tienes, más quieres”. Y es un hecho que las guerras enriquecen a los ricos y empobrecen aún más al resto de la sociedad. No es de extrañar que, durante cualquier conflicto, los bandos enfrentados acaben arruinados, ganen o pierdan, mientras que las empresas o los países extranjeros no beligerantes acaban teniendo muchos beneficios. Al fin y al cabo, una guerra en un territorio supone que dicho territorio entre en crisis y deba depender de otros, enriqueciendo estos otros territorios.

A pesar de todo esto y, de nuevo, mirando en retrospectiva, muchas guerras acaban trayendo un cambio de mentalidad y, por ende, un avance en la sociedad. Nadie quiere pasar por una guerra, por lo que el pensamiento de la mayoría se centra, consciente o inconscientemente, en evitar un nuevo conflicto a gran escala. Cuando una guerra termina, tarde o temprano la sociedad sufre un cambio, una “mejora” moral, y uno de sus principales objetivos pasa a ser que lo sucedido no se repita. Muchos cambios sociales importantes van precedidos por un conflicto bélico.

Con esta imagen en mente, parece que es necesaria una guerra para un cambio. ¿Es realmente así? Como he mencionado anteriormente, países y empresas foráneas aumentan sus ingresos, lo que, económicamente hablando, puede resultar una mejora, pero para los países y territorios afectados, esto es sin duda una ruina. De nuevo, ya no es el bien común, sino el bien propio a mayor escala.

¿Contando con todo lo anterior, podría llegar a cambiar la situación? Desde un punto de vista realista, la perseguida utopía pacífica es un mero sueño, puesto que, de forma literaria, se podría decir que el conflicto corre por las venas del ser humano. Con esto no quiero decir que el ser humano sea malo, pero tampoco es bueno. Los conceptos de bien y mal pueden ser fácilmente intercambiados en cuanto la sociedad se tambalea. Una persona, si se le da la opción, casi siempre se va a centrar más en su propio bien que en el común, pues, aunque la sociedad sea necesaria, por lo general, las personas no piensan en eso. Y cuando se ven en necesidad de pensar en el bien común, siempre dirán que harán lo que esté en su mano. Sin embargo, si a una persona de clase media, con lo que la sociedad considera una buena moral, se le diera el poder suficiente como para hacer los cambios que desearía hacer, lo más probable es que al final no hiciese nada. Cuando se obtiene poder, el sentimiento egoísta surge con más fuerza, derivando en una falta final de actuación.

En conclusión, se puede tratar de cambiar la sociedad, pero esta siempre acabará volviendo al eterno ciclo alternante de periodos de caos, guerras, crisis y conflictos, y de paz, tranquilidad y bienestar social. Al fin y al cabo, las sociedades son como una rueda, girando entre periodos casi utópicos, equilibrios y periodos con mayor crueldad, para retornar de nuevo al equilibrio, y reiniciarse nuevamente el ciclo.

Covadonga Causo Peláez