“Solo quiero ser uno de ellos, quiero sentarme con ellos, beber algo, y hablar de cualquier cosa. Me gustaría que me dieran tabaco, una copa de vino o que tan solo me preguntaran: ¿cómo estás? Yo les respondería y conversaríamos, y, de vez en cuando, haría un retrato de alguno de ellos como regalo, con suerte lo aceptaría”. Es una cita de la película Van Gogh, en la puerta de la eternidad (2018), de Julian Schnabel. Le tengo mucho cariño y me siento identificado con ella y lo que expresa. El pintor sufría de soledad, y eso me recuerda mi infancia y mi vida con Asperger.

El filósofo alemán Arthur Schopenhauer, en su búsqueda de una explicación de los modos de conocer, se interesó por las personas con trastornos cognitivos como el mío; gente que procesa la información obtenida a través de los sentidos de manera diferente a los demás, debido a la carencia de herramientas mentales, innatas en otros, como la intuición y la empatía. Son muchas las teorías propuestas por neurólogos, psicólogos y físicos actuales que citan y describen los mismos resultados que ya se encontraban en la obra de Schopenhauer.

El Síndrome de Asperger es un trastorno del neurodesarrollo que forma parte del Trastorno del Espectro Autista (TEA), caracterizado por dificultades sociales y comunicativas, y rigidez de pensamiento y comportamiento. Las personas que somos Asperger mostramos, por lo tanto, falta de atención, dificultad para crear amistades, problemas de empatía. Nos cuesta reconocer emociones en los demás, expresar y entender nuestros propios sentimientos y aceptar cambios en nuestra rutina. Todas estas dificultades hacen que nos sintamos muy a menudo incomprendidos y solos.

Si leemos sobre este síndrome, siempre se habla de “habilidades especiales” que compensan estas carencias, como la gran capacidad de concentración en detalles, una memoria prodigiosa para recordar imágenes, sucesos y datos, sobre todo, de aquello que resulta de nuestro interés.

Yo soy asperger, pero mis “habilidades especiales” no son muy útiles para los estudios. Se me olvidan cosas importantes, pierdo la atención al minuto de empezar la clase, tengo una memoria rara que hace que sea capaz de acordarme de detalles y datos sin esforzarme, y, sin embargo, tenga que invertir el doble de tiempo en recordar frases y contenidos de determinadas materias. Eso sí, soy muy bueno en memorizar diálogos de series o películas, en recordar imágenes, ver pequeños detalles que a los demás les pasan desapercibidos, o saberme datos un poco irrelevantes; me resultan especialmente atractivos los datos relacionados con la fauna, como que el cachalote, un cetáceo enorme, puede sumergirse por dos horas llegando a los dos kilómetros de profundidad.

Grandes científicos y personalidades de la historia, empresarios de renombre, directores y actores de prestigio, han manifestado este síndrome. En su caso, “aprovechan esas habilidades” para ser genios y crear grandes cosas, como el físico alemán Albert Einstein, el físico e inventor Isaac Newton, el ingeniero serbio Nikolas Tesla, los directores de cine Steven Spielberg y Tim Burton, Bill Gates, el actor Keanu Reeves, y también mi actor favorito por su papel de Sheldon Cooper en la serie The Big Bang Theory, Jim Parsons.

Tener el síndrome de Asperger es, a veces, muy complicado. Al principio yo no conocía bien la vida, no hablaba ni me relacionaba bien con mis compañeros del colegio. Ahora, aunque sé cómo funciona la vida e intento aprender sobre ella, en ocasiones me como la cabeza, porque creo que soy una carga para mi familia y que, por culpa de todas esas peculiaridades y carencias, voy mal académicamente. Cuando me pasa esto, solo pienso en estar feliz, bailando en compañía de animales salvajes y exóticos, o viendo las luces de una inmensa ciudad por la noche. Pero sé que tanto mi familia como los profesores me apoyan para seguir adelante y, por eso, les aprecio a cada uno de ellos.

Lucas Bujanda Zaragoza