La libertad expresión, en todas sus vertientes y manifestaciones, constituye uno de los derechos fundamentales de nuestra sociedad. Implica poder comunicarnos y opinar libremente, además de estar reconocido tanto en la Declaración Universal de los Derechos Humanos como en nuestra Constitución. Se considera uno de los cimientos de cualquier sociedad justa.
A lo largo de la historia, muchos han sido los filósofos que, por ejercer dicho derecho, se han visto perjudicados y han tenido que afrontar graves consecuencias. Algunos fueron enjuiciados e incluso encarcelados.
Podríamos definirse la libertad de expresión como la condición de decidir o actuar por uno mismo, sin estar sometido a ningún tipo de presión. Es uno de los principales valores de toda sociedad democrática, para promover el debate e intercambio de ideas entre las personas. Pero este derecho ha de ejercerse con cierta cautela y respeto, pues, como todo derecho, también tiene ciertos límites. Son las leyes las que fijan tales límites y los criterios para ser juzgados.
En las sociedades modernas, los medios de comunicación de masas son los que recogen las opiniones de la sociedad. Pero, con el nacimiento de las nuevas tecnologías, han entrado en juego las redes sociales: plataformas digitales con gran poder divulgativo. Y, hoy en día, se ha generalizado demasiado el uso de estas redes. Las redes han traído consigo el falso anonimato, las “fake news”, etc. Han provocado una proliferación desmedida de opiniones, que algunas veces han sido muy ofensivas y violentas. Por lo tanto, es necesario establecer ciertos límites. La libertad absoluta no existe.
Pablo Arias García