¿Nunca te ha pasado que, estando en alguna clase aburrida o un viaje de coche muy largo, de repente te hayas dado cuenta de que tienes libre albedrío y no lo estás utilizando? Quiero decir: ahora mismo podrías parar de leer esto y ponerte a correr en círculos sin parar; o ponerte a gritar hasta quedarte sin voz; o coger un bus e irte a la otra punta de la ciudad… ¿Por qué no lo hacemos? ¿Por qué vivimos como en automático, estancándonos en las mismas acciones y los mismos sentimientos?
Tal vez sea porque, como seres humanos, buscamos la estabilidad para sentirnos seguros. Le tenemos miedo a lo nuevo, a lo desconocido. Por eso, nos limitamos a hacer cosas a las que estamos acostumbrados, y de las que conocemos los posibles peligros e inconvenientes. Es algo que probablemente provenga de los orígenes de nuestra especie. Primitivamente, los humanos estaban más expuestos a peligros, y la medicina estaba mucho menos avanzada. Un pequeño accidente podía ser cuestión de vida o muerte.
Además, tendemos a no querer gastar energía si no es necesario, y a juzgar positivamente a aquella gente que, según nuestra opinión, hace eso mismo. De esta manera, ya sea por el miedo a las críticas ajenas o por no querer cansarnos, acabamos siguiendo una rutina y haciendo prácticamente las mismas cosas una y otra vez.
Por otra parte, es verdad que tampoco podemos estar haciendo cosas nuevas o inusuales todo el rato. No sólo porque todos tenemos obligaciones y cosas importantes que hacer, sino porque, aunque pudiéramos, al final acabaríamos aburriéndonos y buscando la estabilidad de nuevo. Sin embargo, creo que, de vez en cuando, no estaría mal sentir ese “click” de realidad y darnos cuenta de que podemos hacer mucho más de lo que realmente hacemos. Es refrescante sentir que no tenemos por qué vivir en automático, aunque la sociedad y nosotros mismos, prácticamente, nos fuercen a ello.
Marta Álvarez Cuervo