Para empezar, el ser felices es algo que muchas personas vemos como fin; algo a lo que todos aspiramos sin saber muy bien el porqué, o si realmente es posible. Ansiamos un estado de continuo éxtasis en el que desaparezcan el estrés y la ansiedad que nos rodean casi de continuo en la sociedad actual, en la que hay una gran presión por el perfeccionismo y la realización. En definitiva, la búsqueda de la felicidad siempre ha sido una motivación para el ser humano.
Ya desde la Antigüedad, han sido varios los filósofos que se plantearon qué es la felicidad (designada con el término griego “eudaimonia”) y cómo llegar a ella. En particular, para Aristóteles (384–322 a. C.): “la felicidad es el significado y el propósito de la vida, el fin de la existencia humana”, de modo que, para él, el sentido de nuestra vida es ser felices, algo que se alcanzaría, mediante el desarrollo de virtudes. Sin embargo, para Epicuro (341-270 a. C.) la felicidad radica en la búsqueda del placer y la huida del dolor; de ahí que su filosofía se centre en evitar los temores vitales. En torno a esto, Epicuro indicó: “Quien un día se olvida de lo bien que lo ha pasado, se ha hecho viejo ese mismo día”. Animaba, así, a disfrutar de la vida presente, alcanzando la felicidad cuando uno recordara cada momento pasado de su vida.
En cualquier caso, el modo de concebir la felicidad varía en cada persona. Es decir, aunque, como dijo Aristóteles, la felicidad es la meta común de todas las personas; lo que nos hace felices puede ser diferente en cada individuo. Por lo tanto, es tarea de cada cual poner atención en aquello que más le satisface. En conclusión, la creencia de una “fórmula de la felicidad” que casi por arte de magia sirva para alcanzarla suena para mí bastante surrealista. La felicidad no es algo que llegue espontáneamente y que tengamos que acoger, sino que se necesita un esfuerzo constante por parte del individuo para lograrla. Es algo interior, y cada persona debe dar con las estrategias para aumentar su felicidad y su bienestar emocional. Por ejemplo, el llevar una vida simple, apreciando aquello que tenemos, sin buscar enriquecerse o lucrarse es en mi opinión una forma de ser felices. La típica frase que, sin leer a Horacio, me decía mi abuela “no es más feliz el que más tiene, sino el que menos necesita”, tiene toda la razón. Y es que, el valorar los pequeños momentos y detalles, para mí, es la felicidad.
Quizá por eso último uno de los enfoques de vida que más me guste sea el estoico. Los estoicos (escuela filosófica fundada por Zenón de Citio en Grecia el s. III a. C.) creían que debemos despreocuparnos de aquello que escapa de nuestro control, ya que hay cosas que no dependen de nosotros, como la muerte. Y es verdad: nos preocupamos demasiado por el futuro, incluso le tememos; sin embargo, lo que tenga que ocurrir, ocurrirá; y, para ser felices, debemos vivir el presente y aceptar que hay cosas que escapan de nuestro control, sin tener miedo del futuro.
En resumen, todo ser humano anhela la felicidad, y muchos pensadores coinciden en que ser felices es el sentido de nuestras vidas. En mi opinión, no existe un estado de felicidad permanente como tal. No podemos ser felices el 100% de nuestra vida, pues el dolor es inevitable. No obstante, considero que la felicidad es una manera en la que debemos vivir para lograr una visión positiva y un estado de paz interior. Hasta tiene un impacto positivo en nuestra salud, tanto física como mental. El bienestar está al alcance de todos y en manos de cada uno está aprender a superar las adversidades y mantener el deseo de vivir.
Maeva Caunedo Sánchez