Los videojuegos tienen un alcance igual o mayor que el de la televisión o el cine. Algunos buscan embarcarte en aventuras sin igual, mientras que otros buscan dejar impronta en el jugador. La saga Persona es un caso especial. Cuenta con una banda sonora increíble, artes y estilos inigualables. Pero lo que, desde mi punto de vista, más destaca es la historia; en especial, la tercera entrega.
Persona 3 nos invita a valorar nuestras vidas y disfrutar de nuestros días, porque no sabemos cuándo no dejaremos de poder hacerlo. Este es el mensaje que se repite a lo largo de toda la historia, pues la presencia de la muerte es constante. La música del juego, aunque animada, tiene una letra un poco melancólica. Constantemente se están haciendo alusiones a cómo algunos personajes perdieron a alguien y cómo la muerte, tarde o temprano, llega a todo el mundo. Este es el caso del protagonista, que es huérfano.
Esto resume muy bien la historia de uno de los personajes segundarios del juego, Akinari Kamiki, un chico con apariencia de moribundo o enfermo que se pasa los domingos en el parque de la ciudad. Después de ayudarle recuperando su bolígrafo, Akinari le cuenta al jugador que está escribiendo una historia, pero no logra encontrarle final feliz. Tras unos cuantos encuentros, el chico le agradece al jugador toda su ayuda con la historia, le entrega su cuaderno y desaparece delante de sus ojos, como si fuera un espíritu. Un tiempo después, la historia nos lleva al mismo parque, donde encontramos a la madre de Akinari. Esta nos agradece todo lo que hicimos por su hijo y cómo le ayudamos a encontrar sentido en la vida. “Si quieres a alguien, déjaselo saber. Cuando estés aferrándote a las manos frías de esa persona muerta, ya va a ser muy tarde. No es necesario un gran evento ni una gran celebración, un pequeño gesto sirve”, es lo que la madre de Akinari nos aconseja antes de despedirse de nosotros.
Cada año, el 5 de marzo, internet se llena de arte y mensajes relacionados con este gran juego, porque en esa fecha termina la historia con la muerte del protagonista. Nos deja la moraleja de que debemos aprovechar cada momento antes de que termine nuestra historia.
Alejandro Manuel Méndez Sariego