Lo primero que hay que observar es que la confusión sobre esta pregunta surge sólo cuando hay pensamiento. Es un problema conceptual. Por ejemplo, abrir y cerrar la mano no es confuso, hasta que empiezas a pensar si se trata de una acción que ocurre por medio del libre albedrío o si era algo que estaba predestinado a suceder.

La predestinación es la idea de que todo suceso del universo se halla establecido desde un principio y ocurrirá inevitablemente. Pero esta idea se ha confundido con la omnisciencia de Dios, porque choca directamente con muchas enseñanzas bíblicas. Cualquier forma de entender la predestinación debe respetar el hecho de la libertad humana; si no, es un error.

Si yo digo que Dios predestinó a alguien para la salvación y a otros a la perdición, digo que determinó la conducta de cada hombre para que tuvieran ese resultado final. Por ejemplo, Dios creó a todos los animales, y predestinó que los perros ladraran y los gatos maullaran, sin poder emitir otro sonido que va en contra de su naturaleza.

Existen leyendas que apuestan por la predestinación, como la romántica leyenda japonesa que demuestra que el amor está predestinado. Según este mito, las relaciones humanas están predestinadas por un hilo rojo, como una conexión especial que los dioses atan al dedo meñique de aquellos que tienen como objeto encontrarse en la vida.

Cuando alguien tiene un accidente o muere inesperadamente, la gente dice que era su hora. Si ya está todo predestinado, ¿para qué tomar precauciones? ¿De qué sirve? ¿Tenían esas personas una cita ineludible con la muerte? Por supuesto que no. Son sucesos imprevistos. Las personas pueden llegar a ser víctimas inocentes por casualidad. Lo único evidente es que todos estamos predestinados a morir.

Inés Marcos Hernández