Considero que hoy en día no valoramos correctamente nuestros bienes, tanto materiales como inmateriales. Pensamos que las amistades, la familia, las relaciones de pareja… seguirán estando ahí eternamente. Pero nada es para siempre. Si lo fuese, pregúntate por qué ya no tienes contacto con la gran mayoría de tus amigos de la infancia; o por qué las personas que vivieron hace millones de años no siguen con vida.
Platón defendía que el alma es eterna, que ha existido antes a su encarnación en un cuerpo y seguirá existiendo después. Cuando el cuerpo muere, el alma va al mundo de las ideas hasta entrar en un nuevo cuerpo, olvidando así lo aprendido en su vida anterior y lo que ha captado en el mundo de las ideas. Platón también dividía el alma en tres partes, tal y como ejemplifica en la imagen del “carro alado”: el alma concupiscible, el alma irascible y el alma racional. No obstante, esta concepción será puesta en duda por Aristóteles, quien al contrario de Platón decía que, cuando una unidad llega a la muerte, sus partes se disuelven necesariamente.
Estoy de acuerdo con Aristóteles. Nada es eterno, a excepción del mismo cambio. Con el tiempo, perdemos a nuestros seres queridos; y nuestras relaciones, sentimientos y emociones tienen un principio y un fin. Sin embargo, admito que el aferrarse a la idea de que todo ello permanecerá igual, puede tranquilizarnos y evitar el miedo al futuro desconocido.
Lucía Portela Rosado