Quizá lo primero que nos digan nada más nacer, lo primero que escuchemos, sea un «¡es una niña!» o «¡es un niño!». ¿Pero por qué? ¿Por qué esa necesidad de asignarnos un género? La razón más obvia es la que compartimos con los animales: la reproducción. Por muy avanzados y evolucionados que estemos, en el fondo seguimos compartiendo muchas similitudes con los animales, entre ellas la reproducción. Necesitamos reproducirnos para poder expandir nuestra especie y, para ello, se necesita un hombre y una mujer.
Nada más nacer, se nos asigna un género, dependiendo de si tenemos órganos sexuales masculinos o femeninos. Así es como el resto de las personas comenzarán a tratarnos según nuestro género; es decir, si se nace con órganos sexuales femeninos, se referían a ella y con pronombres femeninos.
Tras sus dos primeros años de vida, la persona ya podrá empezar a diferenciar grupos de géneros estereotipados. Reconocerá a alguien como una mujer si tiene la voz más aguda, el pelo largo, las facciones del rostro más afiladas, o ciertas actitudes serviciales; y al hombre lo reconocerá por tener voz grave, pelo corto, complexión más fuerte, y actitudes agresivas.
Los gustos de los niños pueden ser cruciales. Pongamos un ejemplo: un niño que haga ballet. Como los estereotipos de género asignan el baile a las niñas, aparte de que puede generar burlas, él mismo va a interiorizar que lo que él hace, lo que a él le gusta, es de niñas. Y como él no quiere dejar de bailar, quizá él termine por querer ser una niña, para poder hacerlo sin que se rían de él. O imaginemos una niña a la que le guste el fútbol y odie los vestidos. Como la sociedad dice que los vestidos son de chicas y el fútbol de niños, la niña interioriza que ella está mal; que a ella no le gustan las «cosas de niñas» sino «las de niños». Y así puede acabar por querer ser un niño, para poder ser lo correcto.
La existencia de personas transexuales no es algo nuevo en la sociedad. Llevan existiendo desde casi el principio de los tiempos. Por ejemplo, gracias a Hipócrates, padre de la medicina moderna, sabemos de la existencia de mujeres que buscaban remedios para la masculinidad de su cuerpo y al revés. La modificación del género está presente en numerosas narraciones de la mitología griega. Como la de Tiresias, que un día encontró a dos serpientes acopladas y, al intentar separarlas con su bastón, hirió a una de ellas, transformándose ésta, acto seguido, en mujer. Tuvieron que pasar siete años para que se encontrara de nuevo con las mismas serpientes y, al repetir el mismo gesto, la serpiente hembra recobrara su apariencia masculina. Pero durante su vida como hembra había concebido a su hija Manto.
El hecho de que, en comparación con hoy en día, en la Antigüedad existieran muchísimas menos personas transexuales no significa que no hubiera ninguna. La disforia de género es algo que lleva ocurriendo toda la vida, solo que la sociedad de aquellas épocas no consentía la mera existencia de las personas transexuales. Por eso, se les quemaba en la hoguera, se les ahorcaba en la plaza pública o se les encarcelaba hasta que se pudrieran. Las personas trans han sufrido durante toda la historia.
La gran pregunta es si el género es algo implícito en nosotros o es algo que nos impone la sociedad. ¿Un niño alejado de la sociedad a quien nunca le haya hablado sobre los géneros ni haya experimentado acercamiento a este tema sentirá ese sentimiento de pertenencia al sexo masculino? ¿O es ese trato distintivo que, sin querer o a posta, nos dan desde el momento en el que nacemos el que nos impone el sentimiento de ser hombre o mujer? Después de todo, tenemos que admitir que la pertenencia del individuo a un género es algo que genera alivio en la sociedad. Por eso debemos empatizar con las personas transexuales que no se sienten identificadas con ningún género desde su nacimiento. Personalmente, no creo que sea fácil tomar postura para responder a esa pregunta. Es obvio que la influencia de la sociedad es crucial en la imposición de un género, pero no tiene que ser siempre así. Si este fuese el único motivo, las personas trans no existirían, pues adoptarían un determinado rol de género, el que se les hubiese dado toda su vida, y con el que se sentirían identificadas y cómodas.
Eva Rodríguez Saiz