Esta sencilla pregunta puede volverse algo compleja a la hora de intentar darle respuesta para nosotros mismos. Toda felicidad se reduce a una experiencia instantánea, un momento de adrenalina que se termina, pero queremos conservar para siempre, porque simplemente nos hace sentir vivos.  Aristóteles consideraba la felicidad como el supremo bien y el fin último del ser humano. Pero cada individuo puede concebirla de distinto modo, dependiendo de su situación o visión de la vida.

Personalmente, creo que todos coincidimos en que este sentimiento es una meta universal de todo ser humano, pues nos hace sentir plenos. Sin embargo, existe más de un tipo de felicidad. Existe ese sentimiento de comodidad, riéndote a carcajadas con tus seres queridos, después de un período en el que percibías que no encajabas con nadie. Y felicidad también es ese momento en el que ves reflejada en una nota todo lo que has estudiado. También son felices esos instantes significativos que recuerdas, por los que incluso se te saltan las lágrimas de nostalgia… Podría seguir así, poniendo poner mil ejemplos más, pero creo que al fin y al cabo todos ellos tienen en común el esfuerzo que se esconde detrás. El haberle puesto ganas a algo y terminar consiguiéndolo.

En definitiva, la felicidad es un momento efímero del que no queremos desprendernos nunca, porque es lo que llevamos buscando toda la vida. Pero las personas nunca estamos satisfechas del todo; siempre nos volveremos a sentir vacíos, aunque no queramos; siempre tendremos más objetivos y sueños por cumplir. Por ese motivo, al final, siempre querremos volver a sentir felicidad.

Irene Gómez López