El debate filosófico sobre la naturaleza de la identidad humana ha perdurado a lo largo de la historia y ha sido abordado desde diversas perspectivas. Aunque parece una pregunta difícil de responder, los filósofos monistas no se lo pensarían dos veces, pues sostienen que lo físico y lo psíquico son uno; y los dualistas, contrarios a los anteriores, mantienen la posición de que el cuerpo y la mente son dos entidades separadas. Entonces, desde el punto de vista de una adolescente como yo, ¿qué respuesta sería la correcta?

He decidido tomar un enfoque menos clásico para abordar esta cuestión. Resulta que, ya desde tiempos de la antigua Grecia, la esencia humana ha sido a menudo reducida, por el monismo, al aspecto tangible de un individuo, idea que sigue siendo correcta para muchos en la actualidad.  Sin embargo, en la historia más contemporánea a mi generación, la libertad de expresión se ha convertido en algo cada vez más aceptado globalmente, y es por esta razón que, en especial los jóvenes, tendemos a exteriorizar nuestra verdadera identidad. La idea de reflejar nuestro verdadero ser, pensamientos y opiniones, en nuestra apariencia evidente. Solo hay que fijarse en cómo vestimos o cómo actuamos. Por esta razón, me atrevería a afirmar que es nuestra mente lo que nos hace personas, y no nuestra faceta exterior.

Para hacer más fácil de entender mi argumento, pondré un ejemplo. Las personas transgénero llevan existiendo muchísimo más tiempo del que la sociedad reconoce. Ellos son la clara representación de la diferencia entre tener un cuerpo y ser únicamente un cuerpo. Para ellos, el género asignado al recipiente en el que nacieron no se corresponde con su género real, lo que son. De esta manera, volvemos a la misma conclusión: los seres humanos tienen la capacidad metafísica de comprender quiénes son, independientemente de su apariencia física. Además, la gran mayoría de las personas están de acuerdo en que la verdadera compatibilidad con otros se basa en gran medida en la mentalidad de cada individuo, que es lo que realmente determina su capacidad para relacionarse con los demás.

En resumen, la pregunta fundamental de si tenemos un cuerpo o somos un cuerpo sigue siendo un tema de debate filosófico y social. Desde una perspectiva joven, parece que la mente, más que el cuerpo, es lo que realmente define nuestra identidad como seres humanos. La capacidad de expresar nuestra verdadera identidad refuerza la idea de que somos seres cuya existencia va mucho más allá de nuestra apariencia física, y esta no debería definir quiénes somos.

Ana María Esteban Soto