Desde siempre, se nos ha dicho que podemos ser felices en esta vida, y que, si no fuera así, podríamos serlo en la siguiente. La idea de una vida feliz ha sido común hasta entre los filósofos más pesimistas. Incluso estos, conocidos por dar un valor negativo a la vida, al final siempre dan soluciones o maneras de afrontarla para llegar a una cierta felicidad. Schopenhauer, por ejemplo, consideraba la vida como sufrimiento y pensaba que, mediante el abandono de los deseos, uno podía llegar a la felicidad.

Pero, sin duda, un caso sobresaliente entre los filósofos pesimistas es del alemán Philipp Mainländer. Mainländer ve el mundo como un inicio por la muerte y un fin por la misma, siendo el único camino precisamente ese: la muerte. Para Mainländer, el universo surgió a partir de dios, pero no de un dios creador como el cristiano, sino que, como él diría: «Dios ha muerto y su muerte fue la vida del mundo». Esta frase representa su teoría cosmológica. Dios, debido a su abrumadora existencia, decide poner fin a la misma, autodestruyéndose y acabando así consigo mismo. Pero esto no le es posible directamente, pues la base de su existencia es su omnipotencia. Por ello, se fragmenta formando el universo y todo lo que encontramos en él, dejando así de existir como uno. Esto acarrea una consecuencia en el universo, que ese deseo original de autodestrucción está presente en todo y todos, siendo esto “la voluntad de muerte”. Este principio de muerte siempre acaba imponiéndose sobre otros, como el de vida, pues todo lo que existe acaba sufriendo su aniquilación y dejando de existir. Esto muestra cómo la voluntad individual de cada ser busca dejar de existir, formándose así una y otra vez la unidad universal (dios), para volver a empezar.

¿Y qué tiene que ver esto con si la felicidad es compatible con la vida? Pues bien, para Mainländer, la única solución que hay para escapar del dolor y, por consiguiente, alcanzar la paz es escapar de la existencia. Mientras estemos vivos, nunca cumpliremos nuestra meta de dejar de existir. Por esta misma lógica, Mainländer no aprueba la reproducción, pues lo único que hace es generar más seres que sufran también con el dolor de la existencia.

Si bien esta postura sobre la vida no es muy alentadora, pues la considera como aquello que nos hace sufrir, tampoco dice que la muerte nos vaya a hacer felices, sino que lo más parecido que obtendremos será la paz de no sufrir. En mi opinión, esto no es mucho mejor que sentir dolor, pues no sentir nada acaba siendo hasta cierto punto aburrido. Como diría Schopenhauer, al cumplir nuestro deseo ‒en este caso el deseo de la inexistencia‒, llegaríamos al hastío de quedarnos sin deseos. Esto indica que, si bien no sabemos si podemos tener un mínimo de felicidad en la vida, ni si esta será duradera o veraz, está claro que eso ya será más que si decidiéramos acabar con nuestras vidas.

Alejandro Rodríguez Fernández