Redacto este artículo a 6 de diciembre de 2023, hoy es día festivo en España. Se celebra el 45º aniversario de la Constitución de 1978, esa que nos trajo la democracia -y la libertad- tras casi 40 años de una vil y cruenta dictadura. Aquello terminó hace casi medio siglo. Pero todavía hoy -y haciendo uso de la libertad de expresión que les otorga dicha Constitución- hay quienes critican la Carta Magna, refiriéndose despectivamente a la gloria que de ella emanó como «régimen del 78». Los contrarios a estos últimos, en vez de despreciarla, se parapetan en ella adueñándose de su valor para justificar su postura extremista y atacar a sus rivales. Ambos usan argumentos muy endebles y peligrosos para un Estado democrático, pero que calan entre determinadas personas. O lo que es lo mismo, ambos practican el populismo (según la RAE: «tendencia política que pretende atraerse a las clases populares»). La cuestión es… ¿podrán acabar las posturas populistas con la democracia en la que vivimos?

Para hallar el origen de esa expresión de la que hablaba -«régimen del 78»- no hay que irse muy atrás en nuestra historia, sólo algo más de doce años. Madrid, 15 de mayo de 2011: más del 90% de los diputados que componen el Congreso pertenecen al bipartidismo -PP y PSOE-. Ese día, en calles de diversos puntos del país, miles de personas piden una «democracia real» que termine con ese binomio. Aquella manifestación -convertida en acampada «indignada» en la Puerta del Sol- supuso un antes y un después en la vida política española. El bipartidismo llegó a su fin cuatro años después. Tras las elecciones del 20 de diciembre de 2015, irrumpió en el Congreso -surgido del 15M- el primer partido populista, con relevancia, tras el fin de la dictadura franquista: Podemos. Con él lo hizo otro partido -presumiblemente de centro-: los liberales de Ciudadanos. Estos últimos se presentaban como prueba de que el populismo no es el único método posible para -como algunos quieren- acabar con el bipartidismo imperante hasta la fecha. Una vez representada la extrema izquierda populista, tras las sucesivas elecciones del año 2019, irrumpe en el Parlamento español la extrema derecha populista: Vox. Este partido ultraconservador obtiene un gran número de escaños como consecuencia -supongo que indeseada por parte de los manifestantes- del 15M. Es un hecho que los populismos se retroalimentan, y qué sería de unos sin los otros.

La filósofa alemana Hannah Arendt, una de las más influyentes del siglo XX, no hacía uso del término «populismo» como lo entendemos en la actualidad, pero ya indagaba en él de otra forma. Arendt se refería al «populacho» entendido como las masas desorganizadas y carentes de una vida política activa que, en su análisis, eran susceptibles de ser manipuladas por movimientos totalitarios. Dejaba así patente, a mi modo de ver, la imperiosa necesidad de atender a la vida política; de ser racional y escuchar ‒ sí, pero todas las posturas‒ para analizar después si aquello que hemos escuchado es verdaderamente cierto y positivo, o si, en realidad, es un intento de convencimiento basado en la mentira. Esta intelectual judía padeció las consecuencias de una ideología populista atroz y del fanatismo de su máximo representante: Adolf Hitler. No hay que olvidar que el partido nazi llegó al poder tras obtener una relativa victoria en unas elecciones democráticas y que, por consiguiente, contaba con el apoyo de una parte considerable del pueblo alemán.

El populismo acaba poco a poco con la democracia. Es una amenaza a la que hay que hacer frente con una educación basada en la tolerancia y en la moderación, en contraposición al fanatismo y al extremismo. Porque, como la Historia nos ha demostrado, el populismo no trae nada bueno.

Mateo Álvarez Fernández