Ha habido grandes pensadores a lo largo de toda la historia, y tenemos la idea de que disciplinas como la filosofía son racionales en su totalidad. Sin embargo, según el contexto histórico y social de los filósofos, podemos encontrar en ellos pensamientos discriminatorios o ilógicos, basados en prejuicios que han tenido un gran impacto a lo largo de la historia hasta la actualidad. Por ello, me gustaría hablar del machismo y la misoginia de los que hacen gala algunos filósofos en sus obras u opiniones.

El que las mujeres somos discriminadas es algo innegable, más aún cuando retrocedemos en el tiempo. Ya Aristóteles dejó por escrito prejuicios y desprecios a la mujer que resultan escandalosos hoy en día. Sostuvo, por ejemplo, la inferioridad biológica, intelectual y moral de la mujer (Galeote, T. “Los filósofos que no amaban a las mujeres”, Nueva Tribuna, 2024), afirmando que la mujer es un hombre incompleto por falta de ciertos nutrientes y su naturaleza. “Parecen hombres, son casi hombres, pero son tan inferiores que ni siquiera son capaces de reproducir a la especie, quienes engendran los hijos son los varones […]. [Ellas] son meras vasijas vacías del recipiente del semen creador”. Al hablar así, Aristóteles propugnaba que la forma completa de ser humano ya estaba presente, como minúsculo “homúnculo” en el semen del varón. En un orden social basado en una rígida estructura de familia tradicional, Aristóteles distinguía tres grupos gobernados bajo la autoridad del padre gobernante: el niño, el esclavo y la esposa (Galeote, 2024). Situaba, así, a la mujer en una posición de inferioridad justificada por aquellas diferencias biológicas e “intelectuales”. “El macho es por naturaleza superior y la hembra inferior; uno gobierna y la otra es gobernada; este principio de necesidad se extiende a toda la humanidad” (Política, 1254b 13-15).

Aunque hay cosas que hoy se han desmentido, como el papel de la mujer en el embarazo y las funciones que Aristóteles atribuía al semen, sus juicios sobre esta han perdurado durante siglos. No en vano es Aristóteles uno de los filósofos que mayor influencia han ejercido en el pensamiento occidental. Él mismo describió a la mujer como: “más pícara, menos simple, más impulsiva […], más compasiva […], más propensa a las lágrimas […], más celosa, más quejosa, más apta para reprender y herir […], más proclive al desaliento y menos esperanzada, […], más descarada y mentirosa, más engañosa, con mejor memoria [y] […] también más alerta, más apocada [y] más difícil de inducir a la acción” (Historia de los animales, 608b. 1-14). Algunos de estos estereotipos aún nos suenan hoy, ¿no es cierto?

Y si se tuviera la esperanza de que esto tan sólo fuese algo de tiempos remotos, voy a frustrarla, porque no ha sido Aristóteles el único que ha mantenido este tipo de juicios. Y, aunque se podría hablar de unos cuantos filósofos más, prefiero centrarme en Nietzsche por trasladarnos a la filosofía contemporánea.

Nietzsche fue un filósofo conocido por ser muy crítico con la sociedad y tremendamente polémico. Pero también defendió la postura radical y conservadora del patriarcado sobre la mujer, su papel en la sociedad y su inferioridad. A pesar de que, según algunos, sus afirmaciones sobre las mujeres pueden interpretarse de manera “positiva” para el feminismo ‒algo con lo que estoy profundamente en desacuerdo‒, no se puede limpiar de cualquier manera la raíz misógina, sexista y machista que algunas de sus obras destilan; y su gran influencia en la sociedad hasta el presente.

Excluyendo aquellas obras que hacen uso de metáforas y de personajes externos, voy a referirme a las ideas propias del filósofo alemán sobre la mujer. Sobre la emancipación de la mujer ‒el simple hecho de que en su época algunas de ellas comenzaran a estudiar, amar o existir libremente (Weber, 2023)‒ consideraba que era “uno de los peores progresos del embrutecimiento general de Europa”. Según él, “cuando una mujer tiene inclinaciones doctas, normalmente hay algo en su sexualidad que no va bien” (Más allá del bien y del mal, citado en: Weber, 2023). Afirmaba que el papel de la mujer se reducía exclusivamente a la crianza de los hijos ‒idea que ha seguido vigente hasta hace bien poco‒, y que esta no solo debe, sino que también desea ser posesión del “hombre profundo”: “Un hombre […] que tiene profundidad, tanto en su espíritu como en sus deseos […], siempre debe pensar en las mujeres como lo hacen los orientales: debe concebir la mujer como posesión, como propiedad que se puede cerrar con llave, como  algo  predestinado  al  servicio  y  a  lograr  en  eso  su  perfección” (Weber, 2023). Defendía, así, la sumisión a la que la mujer ha estado sometida durante siglos, considerándosela una mera propiedad que no llega a estar al mismo nivel que el hombre. A su vez, definía a la “mujer bien constituida” como aquella cuyo único objetivo es tener hijos. De esa forma, la limitaba de nuevo al papel que se le imponía y se le sigue pretendiendo imponer en nuestro mundo actual. Y establecía una contraposición de la anterior con la que él llamaba “mujer mal constituida”. “El odio instintivo de la mujer mal constituida (missraten), o sea, incapaz de tener hijos, contra la mujer bien constituida” (Ibid. en: Weber, 2023). Además, aunque parezca contradictorio, sostenía que la mujer no debería estar en la cocina; no porque creyera que tuviéramos alguna oportunidad fuera de las tareas domésticas, sino más bien porque consideraba que era una labor tan importante que ni siquiera debería corresponderle a la mujer. “La estupidez como cocinera; la mujer como cocinera; ¡la escalofriante desaprensión con la que se atiende a la alimentación de la familia y al señor de la casa! Si la mujer fuera una criatura pensante, entonces haría milenios que debería haber descubierto, como cocinera, los mayores hechos fisiológicos y debería haberse apoderado de las artes curativas” (Ibid. en: Weber, 2023).

Aunque podría seguir hablando mucho rato de las barbaridades que los filósofos de todas las épocas han dicho sobre la mujer, o incluso también de las aportaciones que otros han hecho en su favor, quiero llegar a alguna conclusión. No pretendo infravalorar el trabajo de estos pensadores, ya que soy consciente de las contribuciones que han hecho al pensamiento y al espíritu crítico de la humanidad. Es más, quiero resaltar la gran importancia que tuvieron en su época, tienen ahora y seguramente tendrán en un futuro. Sea para bien o para mal, la filosofía moldea la sociedad e inconscientemente percibimos el mundo y la vida de acuerdo con ella. Pero si los mayores intelectuales han defendido estas ideas, y sus contemporáneos no los corrigieron, ¿por qué deberíamos nosotros pasar por alto sus actitudes machistas, misóginas y sexistas?

Según algunos, “la igualdad ha llegado demasiado lejos”, “se está discriminando a los hombres”, o “las mujeres tienen más derechos que los hombres”. Si todo esto fuera verdad, ¿por qué en 2023 en España hay una brecha salarial de género del 12,7 % y la diferencia entre los complementos salariales es de 19,1 €? (Fuente: Ministerio de Ciencia, Innovación y Universidades); ¿por qué casi la mitad de las mujeres, un 44 %, han sufrido algún tipo de violencia sexual alguna vez en su vida en el 2022? (Fuente: Universidad Complutense de Madrid, 2022); ¿por qué existen servicios como la prostitución, que convierten a la mujer en un mero objeto para satisfacción sexual del hombre?; ¿por qué el público mayoritario de una industria pornográfica violenta es principalmente masculino?; ¿por qué se sigue obligando a mujeres y a niñas casarse con hombres que ellas no escogen en otros países?; ¿por qué hay una diferencia tan brutal de género en estudios relacionados con las STEM, más concretamente, solo el 36% son mujeres? (M. Castillo, 2023). Y así podríamos seguir haciéndonos tantas y tantas preguntas.

Lo que quiero decir es que deberíamos tener espíritu crítico respecto a los roles de género y los fenómenos sociales condicionados por estereotipos y creencias que siguen ocurriendo. La situación ha mejorado muchísimo respecto al pasado, pero no podemos dejar que eso nos nuble la vista y nos haga creer que hoy en día la situación ya es idónea. Si los grandes pensadores pecaban de machistas y no se daban cuenta, ¿por qué deberíamos considerar que esa actitud ya ha cambiado completamente tanto en filósofos como en cualquier otra persona? La discriminación sigue presente, por doquier, y que no se manifieste tan exageradamente como antes no la ha hecho desaparecer por completo.

Dana Álvarez Mayordomo