La depresión probablemente sea la enfermedad mental más conocida, más común y, lamentablemente, más infame e incomprendida. A pesar de la cantidad de intentos que han hecho los profesionales para hacer entender a otros que la depresión no es simplemente estar triste o no tener ganas de hacer cosas, siguen siendo muchas las personas que piensan que eso es lo único en lo que consiste la depresión. Sin embargo, la depresión crea muchos más problemas que los anteriormente dichos y, dependiendo de tu entorno, estos pueden acabar siendo más dañinos para tu salud física, mental, e incluso para tus relaciones y capacidades sociales de lo que se piensa.
En mi experiencia personal, lo peor de la depresión es que te cierra las puertas, te tapa los ojos y solo te permite vivir en el momento y ver lo que tienes delante. Pero no de la forma a la que uno se suele referir a la hora cuando se dice “¡vive en el momento!”, sino en el sentido de que no soy capaz de vislumbrar un futuro lejano y se me complica mucho realizar tareas que tendrán una repercusión en mi futuro. Básicamente, me pierdo en todo aquello que no me genera una recompensa instantánea o a corto plazo.
Lo más asqueroso de esto es el hecho de que la gente no lo entiende. En los institutos se habla mucho de ayudar a la gente con depresión y bla, bla, bla… pero ni siquiera saben por lo que se pasa en una depresión. Tanto profesores como familiares llevan años diciéndome que me esfuerce y estudie más, porque puedo sacar notas mucho mejores de las que saco; que no me esfuerzo lo suficiente; que nunca es suficiente y, cuando me esfuerzo, me lo restriegan en la cara: “Ves, podías sacar notas mejores si te esforzabas”. Como si fuesen ellos los que hicieran el esfuerzo. Confunden autocomplacencia con elogios. Me tratan de vago cuando me paso todos los días comiéndome la cabeza pensando que tengo una tarea sin hacer; que tengo un examen pronto y debo estudiar; que tengo que hacer deberes, pero no soy capaz de ponerme con ello y, si me pongo, rara vez soy capaz de acabarlos.
Además de que el entorno no me ayuda, mis padres se pasan el día diciéndome que estudie o haga las tareas como si yo no supiera lo que tengo que hacer; que si no estudio y me esfuerzo más nunca lograré entrar donde quiero estudiar o que nunca tendré un trabajo decente. Y también están los profesores, que tienen las narices de decir que tenemos que dormir 8 horas diarias (a lo que no ayuda el horario escolar), pero luego nos mandan cantidades industriales de deberes. Y si no son deberes, es repasar diariamente para tener las cosas al día; estudiar porque nos ponen un examen cada dos semanas o menos. Luego, si nos quejamos, nos dicen que es que no sabemos cómo gestionar el tiempo o que perdemos el tiempo en tonterías. Esas “tonterías” en las que gasto mi tiempo son probablemente lo único que me genera un interés real y lo único por lo que sigo aquí. ¿Y me dicen que las deje a un lado porque, si no, no voy a aprobar nunca? Y cuando no lo hago, tienen la cara de llamarme vago. Ese profesorado que dice que lucha para que no haya alumnado con depresión en los centros educativos actúan como si lo único importante en el mundo fuera su asignatura y no se preocupasen por la salud física ni mental de sus estudiantes.
Sé que habrá personas que lean esto y piensen que son solo gritos de un loco que busca aceptación, y probablemente no se equivoquen. Aproveché la excusa del blog para desahogarme un poco. Pero quiero que quede claro que no estoy intentando escudar mi comportamiento con la excusa de que tengo depresión. Yo intento mejorar, estudiar más, quedar con mis amigos, etc. Pero es mucho más difícil para gente en condiciones similares a la mía que para el resto del mundo. Mi deseo es que esos esfuerzos que hago, que hacemos, y a otros puedan parecerles minucias, reciban el reconocimiento que merecen y que no se ignoren. Eso ya se debía estar haciendo desde hace mucho.
Raúl Llorens García