Hace unos días leía una entrevista realizada al escritor y ex reportero de guerra Arturo Pérez-Reverte en la que hablaba de la cruenta y terrible guerra entre Hamás e Israel librada en Gaza y que afecta principalmente al pueblo palestino. El virtuoso escritor señalaba a los dos «venenos» de la sociedad para explicar esa guerra: los nacionalismos y la religión. Otra masacre, menos mortífera, pero igual de trágica, se vivió muy recientemente en Moscú, donde un grupo de terroristas pertenecientes, supuestamente, al Estado Islámico acabaron con la vida de decenas de moscovitas disparándoles a sangre fría cuando disfrutaban de un concierto. En este artículo, intentaré reflexionar acerca de este complejo asunto. ¿Está en lo cierto Pérez-Reverte cuando dice que «los nacionalismos y la religión son el cáncer de la humanidad»?

Dentro de nuestras fronteras, en territorio español, hace relativamente poco que cesó su actividad violenta la banda terrorista ETA, aunque su brazo político siga, por desgracia, muy presente hoy día tanto en diferentes parlamentos como en la sociedad vasca. En euskera, ETA, significa «País Vasco y libertad». Esa pretensión, la de un Euskadi independiente, sirvió a decenas de asesinos y cómplices ‒quienes todavía hoy se vanaglorian de lo que hicieron‒ de justificación para acabar con la vida de al menos 853 personas ‒niños y adultos‒ con derecho a la vida. Esta barbarie sólo tiene una explicación: el nacionalismo.

Otro movimiento nacionalista patente en España, que afortunadamente y por el momento no ha llegado al extremo del vasco, es el catalán. Es cierto que en 2017 y en años posteriores se vivieron momentos de extrema violencia en las calles de Cataluña; actos que dejaron a policías y manifestantes heridos e incluso un fallecido por un infarto en los altercados del aeropuerto de El Prat. Será la justicia la encargada de dirimir si esto puede o no considerarse terrorismo. Lo que el Tribunal Supremo decidió ya es que los líderes del referéndum ilegal del 1 de octubre de 2017 cometieron delitos de malversación de fondos públicos ‒es decir, corrupción‒, también delitos de sedición, rebelión, desobediencia… y está por ver si de traición. El ideólogo de todo aquello, Carles Puigdemont, huyó en el maletero de un coche para no ser detenido por los delitos que cometió y todavía hoy sigue huido.

En 2021, el Gobierno presidido por Pedro Sánchez decidió indultar a los independentistas que estaban en prisión, supuestamente, para «dejar atrás lo sucedido y avanzar hacia el futuro». Ya en 2023, tras las elecciones del 23 de julio, decidió que lo mejor era elaborar una ley de Amnistía, especialmente en beneficio del hombre que huyó cobardemente y que jamás se sentó ante la justicia. Sánchez y la plana mayor de su gobierno decían antes de las elecciones que la amnistía ‒por cierto, más propia de momentos de la historia bien distintos‒ era «inconstitucional». Pero, por pura conveniencia política, después de las elecciones, acometieron un viraje de lo más llamativo y argumentaron, entonces, que era «plenamente constitucional». Hoy, esa ley ya ha sido aprobada en el Congreso y veremos si es aceptada por el Tribunal Constitucional, que está integrado, entre otros juristas, por un exministro de Sánchez y un alto cargo de la Moncloa, y por los tribunales de la Unión Europea, que tendrán que dirimir si los delitos incluidos en esa ley de Amnistía son o no “amnistiables”, o lo que es lo mismo, si son o no susceptibles de ser olvidados.

El filósofo alemán del siglo XIX, Arthur Schopenhauer, en su obra El mundo como voluntad y representación, consideraba al nacionalismo como una manifestación del egoísmo humano y lo veía como una fuerza destructiva que dividía a la humanidad en grupos rivales. Creía que el nacionalismo fomentaba el conflicto, la rivalidad y la guerra entre las diferentes naciones, en lugar de promover la armonía y la cooperación entre los individuos. Para él, el nacionalismo no es más que una forma de identificación con un grupo particular en detrimento de otros, lo que lleva a la intolerancia, la xenofobia y la exclusión. Schopenhauer, además, abogaba por un enfoque más universalista y cosmopolita, que trascendiera las fronteras artificiales impuestas por los nacionalismos.

En definitiva, sería una atrevimiento por mi parte afirmar o desmentir las palabras de Pérez-Reverte. Pero lo cierto es que la Historia nos ha demostrado, y nos sigue demostrando, que los nacionalismos han tenido efectos no demasiado positivos para las sociedades de todo el mundo. Es cuestión de cada uno saber lo que estaría dispuesto a hacer por su nación o por su religión, y las consecuencias que sus actos tendrían.

Mateo Fernández Álvarez