La «muerte de la filosofía» debería ser inconcebible para una especie que se diferencia a sí misma de otras por su capacidad para razonar. Y es que los seres humanos hemos pensado, juzgado y razonado desde el principio de los tiempos. Ha sido esta, entre otras cualidades, la que nos ha garantizado la supervivencia.

Sin embargo, la filosofía, hoy en día, está perdiendo peso en muchos ámbitos, incluso en la educación. El impulso académico del que disfrutan estudiantes de campos relacionados con la ciencia y la tecnología no está siendo compartido por el alumnado que, motivado por la filosofía, quiere aprender a ofrecer respuesta a la inquietud generalizada sobre los rapidísimos avances y cambios que experimenta el mundo precisamente por causa de la ciencia y la tecnología.

Desde mi punto de vista, es entendible que el alumnado cada vez esté menos dispuesto a estudiar Filosofía cuando existen otras opciones más prometedoras. La ciencia, por ejemplo, aunque complicada, no deja de tener su prestigio. El científico vive con la certeza de que sus dudas encontrarán respuesta y, además, de forma concreta. Mientras no se descubra un nuevo modelo de realidad, todo lo que descubra se sumará al enorme cuerpo general de conocimientos objetivos de la historia de la ciencia.

Por oposición, nos encontramos con la Filosofía, incómoda para todo lo que el ser humano requiere. Mucha gente piensa erróneamente que de lo que se trata en filosofía es de opinar. Se cree que es un saber subjetivo en todo su campo. Se ha dicho que «hacer filosofía» es enredarse en discusiones acaloradas por quién tiene razón acerca de cuestiones sin interés. No se repara en que es una materia cuyo fin es la verdad, así que prefiere dársela por muerta en vez de enfrentarse al hecho de que hay un importantísimo ámbito del saber, que engloba a los demás, en el que tal vez no no haya nunca seguridad. Pero la filosofía es como un mar profundísimo en el que la gente sólo chapotea en la superficie de la ciencia y la tecnología, inconsciente tal vez de que nunca podrá llegar a los tesoros del fondo por mucho que avancen nadando en las olas del exterior.

Pero el hecho de que, aquí y ahora, haya estudiantes que estemos tratando de dar respuestas lógicas a cuestiones trascendentales es la prueba más evidente de que no es sólo que la filosofía no esté muerta, sino que no puede morir ni ser asesinada. La verdad es que los adolescentes nos pasamos la mayor parte del tiempo sumidos en crisis existenciales. Si «hacemos filosofía» sin querer, ¿por qué íbamos a negarnos a aprender a filosofar bien?

En conclusión, necesitamos que la filosofía gane peso y sea potenciada, para que nadie la dé por muerta. Así, en el futuro contaremos con pensadores tan influyentes y enriquecedores como los que ahora estudiamos en la Historia de la Filosofía. La muerte de la filosofía sería la condena de la humanidad a vivir ciega a base de opiniones y argumentos de fuerza y autoridad.

D. Selene Romero González