Hume sostiene la idea de que todo conocimiento tiene como punto de partida la experiencia y, en el momento en el que esta no está completa — no constituye, en sí misma, un todo, desde una visión global —, no nos conduce a un entendimiento íntegro de la realidad. Los seres humanos, además, estamos condenados por nuestro “ego” al individualismo más limitante; somos emocionales e irracionales.
Kierkegaard, filósofo existencialista, defiende por su parte que la vida se trata de escoger. De este modo, podemos identificar el “conocimiento absoluto” con una enorme red de caminos —experiencias — que nos conducen a porciones del saber.
Los seres humanos avanzamos a través de la vida tomando decisiones. Si nos fuera concedida la vida eterna, esta condición no eliminaría nuestra obligación de decidir. Estas decisiones son bifurcaciones en el camino. Incluso si fuéramos inmortales, el tiempo seguiría adelante sin tenernos en cuenta, y, con él, el avance tecnológico y social del mundo. Tomando decisiones y dando prioridad a nuevos saberes, dejaríamos atrás aquellos caminos que, en su momento, no tomamos. Debido a la prisa generalizada por el desarrollo, la posibilidad de recular y escoger la bifurcación contraria podría desaparecer; hemos tomado una decisión.
Por lo tanto, hay experiencias que podríamos haber vivido, enseñanzas de las que nos podríamos haber nutrido y conocimientos que podríamos haber adquirido si hubiéramos podido experimentar toda la infinitud de opciones disponibles a lo largo de la eternidad de nuestra existencia; incluso los que suponen una contradicción en sí mismos.
D. Selene Romero González