“Legitimidad” viene del latín legitĭmus, literalmente, “lo que ha sido hecho o establecido de acuerdo con la ley o el derecho y está de acuerdo con la razón o con lo que se considera justo o razonable”. El Mahatma Gandhi decía que “cuando una ley es injusta, lo correcto es desobedecer”.  Seguramente quería hacer ver que la ley, por sí misma, no es la justicia, sino que, en muchas ocasiones, la ley es realizada por los políticos con un interés particular y no social.

En nuestra democracia la Ley es redactada, siguiendo la separación de poderes, por el poder legislativo, es decir, por los representantes de los ciudadanos, elegidos democráticamente por las urnas. Por eso, se supone que las leyes deben ser un reflejo de lo que la mayoría de la sociedad quiere, de sus intereses y anhelos. Después, el poder ejecutivo, es decir, el gobierno, sería el encargado de hacer que esa ley se cumpla. Y por último el poder judicial debería castigar o corregir a aquellos que no las cumplan.

Sobre el papel, todo es correcto. ¿Pero qué pasa cuando no todo es tan perfecto y se redactan leyes que apoyan los intereses de los poderosos que sostienen a los políticos para que hagan esas leyes que los benefician? ¿Estarían los menos adinerados legitimados para desobedecer esas leyes si el cumplirlas pone en riesgo su calidad de vida?  ¿Y qué pasa cuando los políticos hacen leyes absurdas o abiertamente injustas? ¿Deberíamos aceptarlas sin más? ¿Deberían cumplirse las leyes que atenten contra los derechos individuales? ¿O las que coartan derechos fundamentales?

Supongamos que en un país cualquiera se promulgase una ley que prohibiera a las mujeres ir solas por las calles o a conducir coches, solo por el hecho de ser mujeres. ¿No sería legítimo desobedecer esa ley? Es más: ¿Sería legítimo hacer esa ley?

Pongamos un ejemplo con el que todos estaríamos de acuerdo, que defiende los intereses generales de la sociedad y es aceptado por todos: NO MATARÁS. En principio es una norma justa, con la que se pretende defender el respeto a la vida humana. ¿O tal vez hay algo que justifique no obedecerla? Si una persona, que está convencida de que jamás mataría a alguien, ve que agreden a alguien importante para ella (hijos, pareja, amigo, etc.), o ella misma siente que su vida está en riesgo su vida, quizá podría llegar a matar al agresor para salvarlos o salvarse. Es el caso de defensa propia. ¿Justifica esto desobedecer la ley contra el asesinato?

Supongo que dependerá de cada persona, de su escala de valores y de las circunstancias que le rodean. Somos seres racionales, con capacidad de analizar, pensar y decidir sobre las leyes que se promulgan, aunque no siempre estemos de acuerdo con ellas ni, como norma general, las acatemos por el bien de la sociedad. Si consideramos que atentan contra nuestros valores morales, podríamos estar legitimados a desobedecerlas.

Sarah Solares Muñiz