En España y, sobre todo, en Asturias, Melendi es una figura bastante conocida desde hace más de veinte años. En sus inicios como cantautor, Melendi consumía drogas, entre otras, la famosa marihuana que tanto elogiaba en algunas de sus canciones. Durante los últimos años, su éxito y fama han disminuido notablemente. Algunos de sus oyentes le reclaman ferozmente que regrese a su estilo más primigenio, con mensajes claros y reiterados como: “Melendi, vuelve a las drogas”. Aunque no se pueda afirmar que el motivo de la decadencia de su carrera sea el haberlas dejado ‒pues confluyen muchos otros factores, como la edad, el estilo de vida, la madurez…‒ es innegable que el de las drogas fue un tema que le proporcionó inspiración durante mucho tiempo. Él mismo ha llegado a afirmar que la marihuana le abre su vena artística. ¿Pero realmente le salió rentable estropear su salud a cambio del éxito artístico y económico? ¿Merece la pena lograr el éxito a costa de nuestra salud? ¿Es positivo sacrificar la salud por crear un producto extraordinario o simplemente ganar inmensas cantidades de dinero?

Estas preguntas conllevan un dilema ético que da pie a la discusión. El acortar la vida por darle a esta una mayor calidad puede resultar tentador. La fama, el placer y el poder que esta otorga, pueden sonarle muy bien a muchos. Sin embargo, si el medio para llegar a estos fuese necesariamente hacer uso de las drogas, opino que el asunto no renta. La cocaína, por ejemplo, causa un bloqueo en monoaminas como la dopamina. Al perderlas, empezamos a sentir desinterés, debilidad y adicción a esta sustancia. Al seguir consumiéndola cada vez con mayor frecuencia, causaremos paulatinamente un daño irreparable a nuestras neuronas. La venta de la salud mental a cambio de las recompensas anteriormente mencionadas es, para mí, deplorable.

Pero podemos echarle imaginación al asunto para plantearnos dudas. ¿Merecería la pena perder sólo unos pocos años de nuestra vida si eso nos reportase algo de éxito? Quiero pensar que el tiempo de vida es algo irremplazable y que nadie en su sano juicio renunciaría ni siquiera a una pequeña parte de este. Pero tampoco sabemos cómo vamos a disfrutar de ese tiempo. Si nuestra vida fuese a estar cargada de sufrimientos, pienso que quizá sería mejor tener algún éxito que quedarnos sólo con el dolor.

La situación también cambia si introducimos a terceros en la ecuación. ¿Y si, a cambio de deteriorar nuestra salud, fuésemos capaces de proponer una teoría que ayudase al desarrollo de la humanidad, algo como, por ejemplo, conseguir la cura al cáncer? La opción egoísta de renunciar a ese trato no parece ser muy ética. Podemos parecer personas carentes de empatía si nos negáramos. Pero nuestra vida es muy valiosa, aunque podamos ayudar a tanta gente a cambio de ella. En todo caso, seguro que hay quien, bien porque algunos temas les toquen de cerca, bien por otros motivos, no dudaría en contestar que adelante. Ahora bien, así planteada en frío, me parece una pregunta difícil de responder con certidumbre y que puede dar lugar a muchas discusiones.

Ahora, apliquemos el pensamiento de Platón a esta reflexión. Él pensaría que quien intercambia salud por éxito estaría dejándose arrastrar por la parte concupiscible del alma. En La República se dice que la persona de éxito es aquella en la que la parte racional de su alma domine y sepa gestionar su voluntad y sus deseos. Por ello, para Platón, una persona que se deja llevar por los oropeles de la fama no puede ser realmente una persona de éxito: es incompatible. Jamás le sería rentable moralmente. Sin embargo, el pensamiento de Platón no tenía en cuenta las prioridades de nuestro mundo actual.

En conclusión, a primera vista, parece sencillo negarse a que se dañe nuestra salud por cualquier recompensa. No obstante, el tema es más complicado de lo que parece y puede dar mucho que pensar. Volviendo al caso de Melendi, a él parece haberle salido rentable dañar su salud años atrás, pues hoy en día posee una vida repleta de éxito y felicidad ‒al menos, eso dice él‒. Pero la pregunta que queda abierta es si realmente le ha sido rentable hacerlo cuando lo hizo, hace más de veinte años, cuando no podía saber qué le iba a deparar el futuro.

José Antonio Álvarez Fernández