Otra posible Segunda Guerra Mundial era uno de los mayores miedos de la gente tras la Primera Guerra Mundial; y más aún tras las tensiones territoriales que se vivían en Europa de aquella. Uno de los preocupados fue Herman Sörgel, un arquitecto alemán que tuvo una alocada idea: Atlantropa.
¿Y qué es Atlantropa? Era su plan para evitar una posible Segunda Guerra Mundial. Consistía y en desecar el Mar Mediterráneo para así tener más territorios y abrirse paso hacia África para extraer recursos de allí. Así, aliviaría las ansias por conseguir más territorios de los países europeos de una manera pacífica.
¿Y cómo se proponía hacer esto? Su plan era construir una gran presa, de trece kilómetros de longitud y trescientos metros de altura, en el estrecho de Gibraltar. Sin esta conexión con el Océano Atlántico, el Mar Mediterráneo se secaría de manera natural. Junto a esta presa se construirían otras dos, una en el estrecho de Dardanelos para aislar al Mar Negro y otra entre Sicilia y Túnez para dividir el Mediterráneo en dos niveles de agua distintos: el lado occidental, perdiendo cien metros de nivel de mar, y el oriental, con doscientos metros menos. Esto proporcionaría aproximadamente 700.000 km2 de tierra más, es decir, aproximadamente dos Alemanias. También quería que estas presas fuesen fuentes de energía hidroeléctrica para producir electricidad que Europa toda Europa compartiera a través de una misma red. En caso de haber algún conflicto bélico, se le cortaría la electricidad al país que lo iniciase hasta que volviera la paz.
Pero no solo quería estos territorios. Su plan también era convertir el Sahara en una enorme extensión de tierra de cultivos, creando otra presa en el Congo para hacer un mar interno que hidratase la zona. Todos estos territorios estarían conectados por tierra mediante trenes.
Suena a plan perfecto, pero estas ideas conllevan muchísimos problemas, morales, sociales, económicos, políticos, ecológicos… Por empezar, no hay presa hoy en día que sea similar o igual a la que se tendría que construir en Gibraltar y menos aún entre Túnez y Sicilia. Además, el coste económico sería brutal, prácticamente incalculable. Se necesitaría el apoyo de todas las naciones europeas y, dado el contexto político de la época, eso no iba a pasar. Pero, ignorando esos problemillas técnicos, nos enfrentaríamos a otros tan grandes como los ambientales y ecológicos. Es complicado saber que pasaría con exactitud al hacer esos cambios. Probablemente habría temperaturas extremadamente altas, lo cual no sería muy agradable para los habitantes locales y la agricultura.
Es más, incluso suponiendo que superásemos esos inconvenientes quedarían, desde mi punto de vista, los inconvenientes que más amenazan este proyecto, los sociales y morales. Es muy probable que hubiera un descontento local. La costa es algo que beneficia a muchísimos pueblos, forma también parte de sus culturas y quitarles esto crearía un gran descontento. Luego, en África se encontraría el mayor problema. A Herman Sörgel le importaba entre cero y nada la opinión de sus habitantes. No consideraba que tuvieran voto en esto y esto está evidentemente mal. Se deja ver aquí la influencia del contexto colonial de la época. El descontento social, junto con la complejidad técnica del proyecto, hacía a este inviable. ¿Qué pasaría si hubiera un atentado terrorista y destruyeran una presa? Se inundarían todos los pueblos, cultivos y demás. Se tendría que reconstruir todo casi de cero, lo que supondría gastos económicos terribles.
Todos estos inconvenientes abren muchas cuestiones sobre las que reflexionar, ¿Está bien modificar el terreno a nuestro antojo? ¿Es correcto quitarles la costa a muchos a cambio de ofrecer una vida mejor a otros? Tendríamos que definir qué está bien o mal para saberlo.
Yo voy a tomar como base a Hume, para determinar si es justo o no. En la primera cuestión probablemente Hume no tendría problema siempre y cuando no afectase de manera negativa a las personas. En cambio, a la segunda cuestión sí podría ponerle objeciones. Por una parte, Hume define la justicia como una virtud artificial que busca el bien común. Eso nos haría pensar que él estaría a favor del proyecto. Pero, por otra parte, el quitarles las costas a los residentes sería una violación al respeto de la propiedad privada y al cumplimiento de las promesas. Muchos locales y casas habrán sido comprados por su proximidad al mar. También habrá muchos negocios que dependen de la costa, como pueden ser puertos, alquiler de barcas, alquiler de tablas de surf, entre otros. El haberles prometido el mar, para luego quitárselo, es una violación a la fidelidad, algo que Hume no toleraría. Probablemente se decantaría por pensar que sería una situación injusta.
En conclusión, la idea puede sonar idílica, pero en la práctica supondría muchos problemas técnicos y sociales. Desde mi punto de vista, no sería justo hacer tantos cambios sin el consentimiento de la población; y, si se hicieran, lo mínimo debería ser recibir una compensación. Además, eso de tomar tierras africanas sin el cometimiento de los residentes y explotarlas es una idea muy colonialista.
Adrián Jesús Pérez Santano