El ser humano siempre ha reflexionado sobre el sentimiento que quizá más moldea su vida: el amor. Una de las preguntas de dicha reflexión es si el deseo sexual y el amor son ambos necesarios o uno es más importante que el otro. Intentaremos debatir y analizar esta cuestión desde al menos dos puntos de vista: el biológico y el social.
Primero, debemos aclarar qué se entiende por ambos conceptos. El deseo sexual es un estado motivacional que se caracteriza por la búsqueda de placer en actividades u objetos eróticos. Y el amor es un sentimiento de cariño o afecto hacia una persona que nos da alegría. Sin duda, el amor y el sexo están relacionados, pero son independientes. Podría decirse que el primero se asocia a vínculos personales, mientras que el segundo es una necesidad biológica individual.
Está claro que una vida sin deseo sexual limitaría enormemente nuestra experiencia. George Bataille afirmaba que el sexo rompe las convenciones sociales y conecta con lo sagrado y prohibido. Desde el punto de vista biológico, el sexo es necesario, pues es la base de nuestra supervivencia como especie. En el acto sexual se liberan hormonas que nos generan placer, bienestar y felicidad. Con el sexo, incluso mejoramos el sueño, el suelo pélvico… y quemamos calorías. Lo malo es que, si nos limitamos al sexo y su deseo, es probable que desemboquemos en una vida emocional de menor complejidad y un pobre desarrollo psicológico.
Por otra parte, una vida sin amor significa una vida sin todas las expresiones de este. Y el amor no es sólo romántico. También se relaciona con la empatía, la amistad, la familia… El amor ha inspirado el arte e influido de mil maneras en nosotros a lo largo de la historia. Para la biología, el amor es prescindible. Pero, para la vida en sociedad, es más que recomendable. Debido a esto último, Aristóteles pensaba que el amor es necesario para el florecimiento humano.
En mi opinión, el renunciar al deseo sexual y al sexo es, aunque difícil, infinitamente mejor que abjurar del amor. Yo no podría renunciar a lo que me une con la gente a la que aprecio. Aun así, el dilema me genera preguntas: ¿Qué pasaría si todos tuviéramos que escoger necesariamente entre uno u otro? ¿Aumentaría la natalidad o desapareceríamos como una especie sumida en océanos de cariño? ¿Afectaría la elección al arte, a la historia? ¿Habría más delincuencia o el mundo sería un jardín del Edén? No puedo responder. No sé qué tipo de vida sería mejor. Sólo puedo pensar en más razones para discutir.
Sara Montes Martínez