A menudo hemos escuchado las ruidosas polémicas educativas sobre si suprimir la asignatura de Filosofía en las aulas. Es cierto que el cursar dicha materia en tan solo dos años sirve de bien poco. La razón es que en ese corto período de tiempo los estudiantes tienen como único objetivo obtener las notas más altas debido a la presión social y universitaria que recae sobre ellos. Termina por ser una asignatura más que han de superar les guste o no. En efecto, Filosofía se convierte en un “absorbe y escupe”. Eso es algo totalmente contrario a su significado y objetivo, que gira entorno al pensar y desarrollar ideas del aprendiz. Aunque su entendimiento facilita notablemente su estudio, ¿realmente son los contenidos adecuados para incentivar el interés común o alcanzar la madurez racional de los jóvenes?
Está claro que conocer la historia es algo necesario. Pero, si eso lo combinásemos con el contrastar noticias de diferentes medios o la puesta en común de percepciones individuales acerca de cualquier tema, ¿no obtendríamos un cambio cualitativo en la formación de los estudiantes?
Desde mi punto de vista, la respuesta es un rotundo sí. Son muchos los estudiantes capaces de obtener extraordinarias notas, abandonar la Educación Secundaria y comenzar unos estudios superiores sin ser capaces de extraer lo que hay de verdad en opiniones o de defender sus propios ideales o puntos de vista.
Como Immanuel Kant menciona: se mide la inteligencia del individuo por la cantidad de incertidumbres que es capaz de soportar. En la enseñanza de hoy en día solo se desarrolla una inteligencia en concreto, la pura mnemotecnia; algo que, si no viene ligado a interiorizar contenidos, carece de valor.
El fin de la Filosofía en las clases debería dotar a los escolarizados del arma de pensar por sí mismos, para poder alcanzar un completo desarrollo individual que los acompañará durante toda su vida. La filosofía es tan necesaria como las matemáticas, pero más necesario es el hacerla llegar a aquellos que la desprecian por considerarla aburrida y anticuada.
Adrián Terente del Campo