De acuerdo con Aristóteles, existen dos tipos de valores: el de uso y el de cambio. El primer valor hace referencia únicamente a la funcionalidad de la cosa, excluyendo cualquier factor mercantil. El segundo señala la función de dicha cosa dentro del mercado, su valor económico, independientemente de su funcionalidad. Así entendido, este valor estará delimitado por factores tales como el material empleado en su fabricación, su demanda, etc. y nos acerca a la concepción capitalista del valor. En definitiva, según Aristóteles, la suma de ambos usos, el funcional y el mercantil, constituye al objeto.

Como todo objeto tiene un doble valor (el funcional y el de cambio), se podría intercambiar cualquier tipo de cosa por otra, a pesar de la diferencia cuantitativa entre ellas. Pero, ¿si todo objeto se puede cambiar por otra cosa, qué tiene valor?

Dejando a un lado el ámbito objetivo y económico, y entrando así en el subjetivo, se podría decir que hay un tercer factor que condiciona dicho valor, el sentimental. En él caben diversas abstracciones subjetivas como recuerdos, significación personal… Es el llamado “valor sentimental”, valor indescriptible e indefinido que varía de una persona a otra en función de su experiencia individual. Por ejemplo, un simple collar, carente de cualidades y belleza o de caros materiales, está desprovisto de un elevado valor mercantil y su única funcionalidad sería la misma que la que le corresponde a otra prenda o complemento cualesquiera. Así pues, para una persona al azar, apenas tendría valor. No obstante, si elegimos a una persona en concreto, como a la propietaria de dicho collar, quien posee experiencia de él y sentimientos respecto a dicho objeto inanimado, el valor se multiplicará irracionalmente, volviendo al objeto extremadamente valioso. Por lo tanto, el valor de un objeto no está condicionado exclusivamente por su valor de cambio, sino también por su valor de uso y sentimental.

Paula Monasterio Álvarez